Las reliquias de Santa Mónica fueron trasladadas desde Ostia hasta Roma en un viaje recordado como aventurero, un signo de la veneración de la Iglesia por esta madre y su testimonio de perseverancia en la fe.
Santa Mónica, madre de San Agustín, alcanzó con sus lágrimas y su oración perseverante la conversión de su esposo, su suegra y su hijo. Su vida es un testimonio de fe, fidelidad y confianza en Dios.