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Santo del Día: Santa Celia Guérin, la madre de Santa Teresita que hizo del matrimonio un camino de santidad

Pasaje Bíblico – Lucas 1:42: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno»
Reflexión: Estas palabras de Isabel a la Virgen María proclaman la bendición de la maternidad. En Santa Celia Guérin, esa bendición se hizo vida: acogiendo a cada hijo como un don de Dios, educándolos con amor y ofreciéndolos al Señor, cooperó con el plan divino y levantó un hogar que fue verdadera escuela de santidad. Su ejemplo nos recuerda que la llamada a la santidad también se realiza en el matrimonio, en la mesa familiar y en el sacrificio cotidiano.

El Martirologio Romano recuerda en Burdeos, Francia, a la beata Celia Guérin, esposa de Luis Martin y madre de santa Teresa del Niño Jesús, que con su marido son ejemplo de matrimonio cristiano († 1877). Fue declarada beata de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a su esposo Luis Martin, el 19 de octubre de 2008, y canonizada el 18 de octubre de 2015 por el Papa Francisco.

Luis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823, segundo hijo de una familia de cinco hermanos. Su padre, militar de carrera, se encontraba por esa época en España; los primeros años de infancia de los hermanos Martin transcurrieron a merced de las guarniciones de su padre: Burdeos, Aviñón y Estrasburgo (Francia). Llegada su jubilación, en diciembre de 1830, el capitán Martin se estableció en Alençon, en Normandía.

Durante su actividad de militar había destacado por su piedad ejemplar. En una ocasión, al decirle el capellán de su regimiento que, entre la tropa, se extrañaban de que, durante la Misa, permaneciera tanto tiempo de rodillas después de la consagración, él respondió sin pestañear: «¡Dígales que es porque creo!». Tanto en el seno de su familia como con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Luis recibió una fuerte educación religiosa. Al contrario de la tradición familiar, no escogió el oficio de las armas, sino el de relojero, que casaba mejor con su temperamento meditabundo y silencioso, y con su gran habilidad manual. Primeramente aprendió el oficio en Rennes y, luego, en Estrasburgo.

En el umbral del otoño de 1845, Luis tomó la decisión de entregarse por completo a Dios, por lo que se encaminó al Hospicio de San Bernardo el Grande, en el corazón de los Alpes, donde los canónigos consagran su vida a la oración y a rescatar a los viajeros perdidos en la montaña. Se presentó ante el prior, quien le instó a que regresara a su casa a fin de completar sus estudios de latín antes de un eventual ingreso en el noviciado. Tras una infructuosa tentativa de incorporación tardía al estudio, Luis, muy a pesar suyo, renunció a su proyecto. Para perfeccionar su instrucción, se marchó a París, regresando e instalándose a continuación en Alençon, donde vivió con sus padres. Llevó una vida tan ordenada que sus amigos decían: «Luis es un santo».

Tantas eran sus ocupaciones que Luis ni siquiera pensaba en el matrimonio. A su madre le preocupaba, pero en la escuela de encajes, donde ella asistía a clase, se fijó en una joven, hábil y de buenos modales. ¿Y si fuera la «perla» que ella deseaba para su hijo? Aquella joven era Celia Guérin, nacida en Gandelain, en el departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831, la segunda de tres hermanos. Tanto el padre como la madre eran de familia profundamente cristiana. En septiembre de 1844 se instalaron en Alençon, donde las dos hermanas mayores recibieron una esmerada educación en el internado de las Religiosas del Sagrado Corazón de Picpus.

Celia pensaba en la vida religiosa, al igual que su hermana mayor, que llegaría a ser sor María Dositea en la Visitación de Le Mans. Pero la superiora de las Hijas de la Caridad, a quien Celia solicitó su ingreso, le respondió sin titubear que no era ésa la voluntad de Dios. La joven se inclinó ante tan categórica afirmación, aunque no sin tristeza. Pero un hermoso optimismo sobrenatural la hizo exclamar: «Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti».

Celia entró entonces en una escuela de encajes con objeto de perfeccionarse en la confección del punto de Alençon, técnica de encaje especialmente célebre. El 8 de diciembre de 1851, festividad de la Inmaculada Concepción, tuvo una inspiración: «Debes fabricar punto de Alençon». A partir de ese momento se instaló por su cuenta. Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, de semblante reservado y de dignos modales, se sintió fuertemente impresionada, y una voz interior le dijo: «Este es quien he elegido para ti». Pronto se enteró de su identidad; se trataba de Luis Martin. En poco tiempo los dos jóvenes llegaron a apreciarse y a amarse, y el entendimiento fue tan rápido que contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro.

Luis y su esposa se propusieron vivir como hermano y hermana, siguiendo el ejemplo de San José y de la Virgen María. Diez meses de vida en común en total continencia hicieron que sus almas se fundieran en una intensa comunión espiritual, pero una prudente intervención de su confesor y el deseo de proporcionar hijos al Señor les movieron a interrumpir aquella santa experiencia. Celia escribiría más tarde a su hija Paulina: «Sentía el deseo de tener muchos hijos y educarlos para el Cielo». En menos de trece años tuvieron nueve hijos, y su amor fue hermoso y fecundo.

Un amor que no es «hermoso», es decir, un amor que queda reducido a la satisfacción de la concupiscencia, o a un «uso» mutuo del hombre y de la mujer, hace que las personas lleguen a ser esclavas de sus debilidades (Carta a las familias, 13). Desde ese punto de vista, las personas son utilizadas como si fueran cosas: la mujer puede llegar a ser un objeto de deseo para el hombre, y viceversa; los hijos, una carga para los padres; la familia, una institución molesta para la libertad de sus miembros. Nos encontramos entonces en las antípodas del verdadero amor. «Al buscar sólo el placer, podemos llegar a matar el amor, y a matar sus frutos», escribió el Papa Juan Pablo II. Para la cultura del placer, el fruto bendito de tu seno (Lc 1, 42) se convierte en cierto sentido en un «fruto maldito», es decir, no deseado, que se quiere suprimir mediante el aborto.

Esa cultura de muerte se opone a la ley de Dios: «Respecto a la vida humana, la Ley de Dios carece de equívocos y es categórica. Dios nos ordena: No matarás (Ex 20, 13). Así pues, ningún legislador humano puede afirmar: Te está permitido matar, tienes derecho a matar, deberías matar» (Ibíd., 21). «Sin embargo —añadió el Papa Juan Pablo II—, constatamos cómo se está desarrollando, sobre todo entre los jóvenes, una nueva conciencia por el respeto a la vida a partir de la concepción… Es un germen de esperanza para el futuro de la familia y de la humanidad» (Ibíd.).

Así es; pues en el recién nacido se realiza el bien común de la familia y de la humanidad. Los esposos Martin experimentaron esa verdad al recibir a sus numerosos hijos: «No vivíamos sino para nuestros hijos; eran toda nuestra felicidad y solamente la encontrábamos en ellos», escribiría Celia.

Sin embargo, su vida conyugal no estuvo carente de pruebas. Tres de sus hijos murieron prematuramente, dos de ellos eran los varones; después falleció de repente María Helena, de cinco años y medio. Plegarias y peregrinaciones se sucedieron en medio de la angustia, en especial en 1873, durante la grave enfermedad de Teresa y la fiebre tifoidea de María. En medio de los mayores desasosiegos, la confianza de Celia se vio fortificada por la demostración de fe de su esposo, en particular por su estricta observancia del descanso dominical: Luis nunca abría la tienda los domingos. Era el día del Señor, que se celebraba en familia; primero con los oficios de la parroquia y luego con largos paseos; los niños disfrutaban en las fiestas de Alençon, jalonadas de cabalgatas y de fuegos artificiales.

La educación de los hijos fue a la vez alegre, tierna y exigente. En cuanto tenían uso de razón, Celia les enseñaba a ofrecer su corazón al Señor cada mañana, a aceptar con sencillez las dificultades diarias «para contentar a Jesús». Esta fue la marca indeleble y la base de la «pequeña vía» que enseñaría su benjamina, la futura Santa Teresita. «El hogar es así la primera escuela de vida cristiana», como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (Catecismo, 1657).

Luis ayudaba a su esposa en sus tareas con los niños: salía a las cuatro de la madrugada en busca de una nodriza para uno de los más pequeños, que estaba enfermo; acompañaba a su mujer a diez kilómetros de Alençon durante una noche helada hasta la cabecera de su primer hijo, José; cuidaba a su hija mayor, María, cuando padeció la fiebre tifoidea, a la edad de trece años, etc.

El gran dinamismo de Luis Martin no recordaba en nada a aquel «dulce soñador», como se le ha descrito a veces. Para ayudar a Celia, que se encontraba desbordada por el éxito de su empresa de encajes, abandonó la relojería. El encaje se trabajaba en piezas de 15 a 20 centímetros, empleándose hilos de lino de una gran calidad y de una finura extrema. Una vez ejecutado el «trazo», el «pedazo» pasaba de mano en mano según el número de puntos de que se componía —existen nueve, que constituyen otras tantas especialidades—. A continuación se procedía a su encajadura, una delicada labor que se conseguía mediante agujas e hilos cada vez más finos. Era la propia Celia quien unía de manera invisible las piezas que le traían las encajeras que trabajaban a domicilio. Pero había que buscar salidas para el producto, y Luis destacó en el aspecto comercial e hizo que aumentaran considerablemente los beneficios de la empresa. Sin embargo, también supo encontrar momentos de descanso y de ir a pescar.

Además, los esposos Martin formaban parte de varias asociaciones piadosas: Orden Tercera de San Francisco, adoración nocturna, etc. La fuerza que necesitaban la obtenían de la observancia amorosa de las prescripciones y de los consejos de la Iglesia: ayunos, abstinencias, Misa diaria y confesión frecuente. «La fuerza de Dios es mucho más poderosa que vuestras dificultades», escribió el Papa Juan Pablo II a las familias. «La eficacia del sacramento de la Reconciliación es inmensamente mayor que el mal que actúa en el mundo… Incomparablemente mayor es, sobre todo, el poder de la Eucaristía… En este sacramento, Cristo se entrega a sí mismo como alimento y como bebida, como fuente de poder salvífico… La vida que de él procede es para vosotros, queridos esposos, padres y familias. Recordad que instituyó la Eucaristía en un contexto familiar, en el transcurso de la última Cena… Y las palabras que entonces pronunció conservan todo el poder y la sabiduría del sacrificio de la Cruz» (Ibíd., 18).

Del manantial eucarístico, Celia obtenía una energía superior a la media de las mujeres, y su esposo una ternura superior a la media de los hombres. Luis gestionaba la economía y consentía de buen grado ante las peticiones de su esposa: «En cuanto al retiro de María en la Visitación, escribía Celia a Paulina, sabes que a papá no le gusta nada separarse de vosotras, y había dicho primero formalmente que no iría… Anoche María se estaba quejando de ello y yo le dije: «Déjalo de mi cuenta; siempre consigo lo que quiero, sin forzar demasiado; todavía falta un mes; es suficiente para convencer diez veces a tu padre». No me equivocaba, pues apenas una hora después, cuando regresó, se puso a hablar amistosamente con tu hermana (María)… «Bien, me dije, este es el momento oportuno», e hice una insinuación al respecto. «¿Así que deseas de verdad ir a ese retiro?», dijo papá a María: «Sí, papá. — ¡Pues bien, puedes ir!»… Creo que yo tenía una buena razón para que María fuera a aquel retiro. Si bien suponía un gasto, el dinero no es nada cuando se trata de la santificación de un alma; y el año pasado María regresó completamente transformada. Los frutos todavía duran, aunque ya es hora de que renueve su provisión».

Los retiros espirituales producen frutos de conversión y de santificación, porque, bajo el efecto de su dinamismo, el alma, dócil a las iluminaciones y a los movimientos del Espíritu Santo, se purifica siempre más de los pecados y practica las virtudes, imitando al modelo absoluto que es Jesucristo, para conseguir una unión más íntima con él. Por eso dijo el Papa Pablo VI: «La fidelidad a los ejercicios anuales en un medio apartado asegura el progreso del alma». Entre todos los métodos de ejercicios espirituales «existe uno que obtuvo la completa y reiterada aprobación de la Sede Apostólica… el método de San Ignacio de Loyola, de quien Nos complace llamar Maestro especializado en ejercicios espirituales» (Pío XI, Encíclica Mens Nostra).

La vida profundamente cristiana de los esposos Martin se abría naturalmente a la caridad para con el prójimo: limosnas discretas a las familias necesitadas, a las que se unían sus hijas, según su edad; asistencia a los enfermos, etc. No tenían miedo de luchar justamente para reconfortar a los oprimidos. Así mismo, realizaban juntos las gestiones necesarias para que un indigente pudiera entrar en el hospicio, cuando éste no tenía derecho al no tener suficiente edad para ello. Eran servicios que sobrepasaban los límites de la parroquia y que daban testimonio de un gran espíritu misionero: espléndidas ofrendas anuales para la Propagación de la Fe, participación en la construcción de una iglesia en Canadá, etc.

Pero la intensa felicidad familiar de los Martin no debía durar demasiado tiempo. A partir de 1865, Celia se percató de la presencia de un tumor maligno en el pecho, surgido después de una caída contra el borde de un mueble. Tanto su hermano, que era farmacéutico, como su marido no le concedieron demasiada importancia; pero a finales de 1876 el mal se manifestó y el diagnóstico fue concluyente: «tumor fibroso no operable» a causa de su avanzado estado. Celia lo afrontó hasta el final con toda valentía; consciente del vacío que supondría su desaparición, le pidió a su cuñada, la señora Guérin, que, después de su muerte, ayudara a su marido en la educación de los más pequeños.

Su muerte aconteció el 28 de agosto de 1877. Para Luis, de 54 años de edad, supuso un abatimiento, una profunda llaga que sólo se cerraría en el Cielo. Pero lo aceptó todo, con un espíritu de fe ejemplar y con la convicción de que su «santa esposa» estaba en el Cielo. Y cumplió con la labor que había empezado en la armonía de un amor intachable: la educación de sus cinco hijas. Para ello, escribiría Teresita, «aquel corazón tierno de papá había añadido al amor que ya poseía un amor realmente maternal».

La señora Guérin se ofreció para ayudar a la familia Martin, invitando a su cuñado a trasladar su hogar a Lisieux. Para aquellas pequeñas huérfanas, la farmacia de su marido fue su segunda casa y la intimidad que unía a ambas familias creció con las mismas tradiciones de sencillez, labor y rectitud. A pesar de los recuerdos y de las fieles amistades que podrían retenerlo en Alençon, Luis se decidió a sacrificarlo todo y a mudarse a Lisieux.

La vida en los «Buissonnets», la nueva casa de Lisieux, resultó más austera y retirada que en Alençon. La familia mantuvo pocas relaciones, y cultivó el recuerdo de la persona a la que el señor Martin seguía designando con el nombre de «vuestra santa mamá». Las más jovencitas fueron confiadas a las Benedictinas de Nuestra Señora del Prado. Pero Luis supo procurarles distracciones: sesiones teatrales, viajes a Trouville, estancia en París, etc., intentando que, a través de todas las realidades de la vida, encontraran la gloria de Dios y la santificación de las almas.

Su santidad personal se reveló sobre todo en la ofrenda de todas sus hijas, y después de sí mismo. Celia ya preveía la vocación de las dos mayores, pues Paulina ingresaba en el Carmelo de Lisieux en octubre de 1882, y María en octubre de 1886. Al mismo tiempo, Leonina, de difícil temperamento, inició una serie de infructuosos intentos; en primer lugar en las Clarisas, y luego en la Visitación, donde, tras dos intentos fallidos, acabaría ingresando definitivamente en 1899.

Teresa, la benjamina, la «pequeña reina», consiguió vencer todos los obstáculos hasta ingresar en el Carmelo a los 15 años, en abril de 1888. Dos meses después, el 15 de junio, Celina reveló a su padre que también ella sentía la llamada de la vida religiosa. Ante aquel nuevo sacrificio, la reacción de Luis Martin fue espléndida: «Ven, vayamos juntos ante el Santísimo a darle gracias al Señor por concederme el honor de llevarse a todas mis hijas».

A imitación del señor Martin, los padres deben acoger las vocaciones como un don de Dios, escribió el Papa Juan Pablo II: «Vosotros, padres, dad gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a alguno de vuestros hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor —como lo ha sido siempre— que el Señor se fije en una familia y elija a alguno de sus miembros para invitarlo a seguir el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el crecimiento del amor de Dios en el mundo. ¿Qué fruto de vuestro amor conyugal podríais tener más bello que éste?» (Vita consecrata, 25 de marzo de 1996, n. 107).

La vocación es ante todo una iniciativa divina, pero una educación cristiana favorece la respuesta generosa a la llamada de Dios: «En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (Catecismo, 1656). Por lo tanto, «si los padres no viven los valores evangélicos, será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir la llamada, comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y apreciar la belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores evangélicos, del amor que se da a Dios y a los demás. También es necesario que sean educados en el uso responsable de su libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas realidades espirituales según su propia vocación» (Vita consecrata, ibíd.).

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz dio testimonio de la manera concreta en que su padre vivía el Evangelio: «Lo que más me llamaba la atención eran los progresos en la perfección que hacía papá; a imitación de San Francisco de Sales, había conseguido dominar su natural vivacidad, hasta el punto que parecía que poseía la naturaleza más dulce del mundo… Las cosas de este mundo apenas parecían rozarle, y se recuperaba con facilidad de las contrariedades de la vida».

En mayo de 1888, en el transcurso de una visita a la iglesia donde se había celebrado su boda, a Luis se le representaron las etapas de su vida, y enseguida se lo contó a sus hijas: «Hijas mías, acabo de regresar de Alençon, donde he recibido tantas gracias y consuelos en la iglesia de Nuestra Señora que he hecho la siguiente plegaria: Dios mío, ¡esto es demasiado! Sí, soy demasiado feliz, no es posible ir al Cielo de este modo, quiero sufrir algo por ti. Así que me he ofrecido…». La palabra «víctima» desapareció de sus labios, no se atrevió a pronunciarla, pero sus hijas lo comprendieron.

Así pues, Dios no tardó en satisfacer a su siervo. El 23 de junio de 1888, aquejado de accesos de arteriosclerosis que le afectaban en sus facultades mentales, Luis Martin desapareció de su domicilio. Tras muchas tribulaciones, lo encontraron en Le Havre el día 27. Fue el principio de una lenta e inexorable degradación física. Poco tiempo después de que Teresa tomara los hábitos, momento en que se había mostrado «tan apuesto y tan digno», fue víctima de una crisis de delirio que hizo necesario su internamiento en el hospital del Salvador de Caen; fue una situación humillante que aceptó con extraordinaria fe. Cuando conseguía expresarse repetía sin cesar: «Todo sea para la mayor gloria de Dios»; o también: «Nunca había sufrido una humillación en la vida, por eso necesitaba una».

En mayo de 1892, cuando ya las piernas sufrían de parálisis, lo devolvieron a Lisieux. «¡Adiós, hasta el Cielo!», consiguió decir a sus hijas con motivo de su última visita al Carmelo. Se apagó dulcemente como consecuencia de una crisis cardíaca el 29 de julio de 1894, asistido por Celina, que había demorado su entrada en el Carmelo para dedicarse a él. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz llegó a decir: «El Señor me concedió un padre y una madre más dignos del Cielo que de la tierra».

Que podamos llegar también nosotros, siguiendo su ejemplo, a la Morada eterna que la santa de Lisieux denomina «el hogar Paterno de los Cielos».

Demos gracias a Dios por el testimonio de Santa Celia Guérin y de su esposo Luis Martin. Que su ejemplo nos anime a vivir cada día nuestra vocación —en el matrimonio, en la familia o en cualquier estado de vida— con amor, fe y generosidad. Santa Celia Guérin, ruega por nosotros.

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