Pasaje Bíblico – Juan 3:16: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.»
Reflexión: Antes de cualquier mérito, palabra o gesto nuestro, la iniciativa pertenece a Dios. Su amor no espera a que seamos perfectos; se adelanta y nos sostiene. Ante un mundo que pide pruebas y certezas, el creyente vive de esta certeza primera: Dios no ha dejado de amar jamás, y cada día nuevo es ocasión para acoger este don y responder con una vida fiel.
En medio de las ocupaciones diarias, no siempre resulta sencillo recordar la grandeza de este amor. El trabajo, las preocupaciones y las heridas de la sociedad pueden ocupar el primer plano y oscurecer lo esencial de la fe cristiana. Por eso la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha invitado insistentemente a los fieles a volver al fundamento: Dios Padre que entrega a su Hijo por la salvación de todos.
La fe no se reduce a una serie de normas o ritos aislados. Es, ante todo, una relación viva y personal con Jesucristo, el Hijo de Dios, que se entregó en la cruz y resucitó para abrirnos el camino de la vida eterna. Quien reconoce este don descubre que la existencia adquiere una orientación nueva: todo se convierte en respuesta agradecida a quien nos amó primero.
En este tiempo, la Iglesia peregrina está llamada a anunciar con gozo y valentía el Evangelio, sabiendo que la fe se comunica con el testimonio cotidiano y con la caridad concreta. Las comunidades cristianas, renovadas por la oración y los sacramentos, se convierten en signos visibles de la misericordia de Dios, que acoge a cada persona sin excluir a nadie.
También hoy resuena la invitación a no postergar la respuesta a Dios. Cristo vino para que todos sean salvados, pero espera nuestra libre adhesión. Cada día puede ser el momento oportuno para dejar atrás la tibieza, aproximarse a la confesión, participar dignamente en la Eucaristía y reconciliarse con los hermanos.
La conciencia de ser amados por Dios da una paz que el mundo no puede ofrecer y sostiene a cuantos atraviesan pruebas. Cuando la fragilidad aparece y las fuerzas parecen faltar, el Padre recuerda que su amor es eterno y que ninguna circunstancia está fuera de su providencia. Confiando en esta bondad, los cristianos caminan esperanzados hacia la casa del Padre.
El anuncio de este amor es el corazón de toda catequesis y de toda misión: ilumina la inteligencia, sostiene la voluntad y ensancha el corazón para amar al prójimo como hermano. Que la gratitud sea la nota de cada jornada, reconociendo en cada bien recibido un reflejo de la bondad divina que nunca se cansa de esperarnos.
Agradecemos a Dios, fuente de todo bien, por su misericordia infinita, y a los lectores que acompañan esta reflexión les deseamos una vida iluminada por el amor que no se apaga.


