Pasaje Bíblico – Mateo 25:35 – 36: «Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me recibieron en su casa; anduve sin ropas y me vistieron; estuve enfermo y fueron a visitarme; estuve en la cárcel y me fueron a ver.»
Reflexión: El Evangelio no deja margen para una caridad de palabras: Cristo se identifica con el hambriento, el forastero, el enfermo y el desnudo. San José María de Yermo y Parres tomó ese texto al pie de la letra cuando, ante el espectáculo de unos niños abandonados, entendió que el Señor lo interpelaba personalmente. Su respuesta no fue un sentimiento pasajero, sino una obra concreta y duradera: casas, escuelas, hospitales y una familia religiosa entregada a los más pobres. Su testimonio recuerda que la santidad se verifica en la caridad efectiva hacia quien no puede pagar nada a cambio.
El Martirologio Romano lo recuerda en el lugar llamado Puebla, en México: san José María de Yermo y Parres, presbítero, fundador de la Congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, con el fin de ayudar a los abandonados en sus necesidades espirituales y corporales (1904).
Su beatificación tuvo lugar el 6 de mayo de 1990 por S.S. Juan Pablo II, y su canonización el 21 de mayo de 2000, también por S.S. Juan Pablo II.
El sacerdote José María de Yermo y Parres nació en la Hacienda de Jalmolonga, municipio de Malinalco, Edo. de México, el 10 de noviembre de 1851, hijo del abogado Manuel de Yermo y Soviñas y de María Josefa Parres. De nobles orígenes, fue educado cristianamente por el papá y la tía Carmen, ya que su madre murió a los 50 días de su nacimiento. Muy pronto descubrió su vocación al sacerdocio. A la edad de 16 años dejó la casa paterna para ingresar en la Congregación de la Misión en la Ciudad de México. Después de una fuerte crisis vocacional dejó la familia religiosa de los Paúles y continuó su camino al sacerdocio en la Diócesis de León, Gto., y allí fue ordenado el 24 de agosto de 1879.
Sus primeros años de sacerdocio fueron fecundos de actividad y celo apostólico. Fue un elocuente orador, promovió la catequesis juvenil y desempeñó con esmero algunos cargos de importancia en la curia, a los cuales, por motivo de enfermedad, tuvo que renunciar. El nuevo obispo le confió el cuidado de dos iglesitas situadas en la periferia de la ciudad: El Calvario y el Santo Niño. Este nombramiento fue un duro golpe en la vida del joven sacerdote. Le sacudió profundamente en su orgullo; sin embargo, decidió seguir a Cristo en la obediencia, sufriendo esta humillación silenciosamente.
Un día, mientras se dirigía a la Iglesia del Calvario, se halló de improviso ante una escena terrible: unos puercos estaban devorándose a dos niños recién nacidos. Estremecido por aquella tremenda escena, se sintió interpelado por Dios y, en su corazón ardiente de amor, proyectó la fundación de una casa de acogida para los abandonados y necesitados.
Obtenida la autorización de su obispo, puso mano a la obra y el 13 de diciembre de 1885, seguido por cuatro valientes jóvenes, inauguró el Asilo del Sagrado Corazón en la cima de la colina del Calvario. Este día fue también el inicio de la nueva familia religiosa de las «Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres».
Desde ese día, el Padre Yermo puso el pie sobre el primer peldaño de una larga y constante escalada de entrega al Señor y a los hermanos, que conoció de sacrificio y abnegación, de gozo y sufrimiento, de paz y de desconciertos, de pobrezas y miserias, de apreciaciones y de calumnias, de amistades y traiciones, de obediencias y humillaciones.
Su vida fue muy atribulada, pero aunque las tribulaciones y dificultades se alternaban a ritmo casi vertiginoso, no lograron nunca abatir el ánimo ardiente del apóstol de la caridad evangélica.
En su vida no tan larga (1851-1904) fundó escuelas, hospitales, casas de descanso para ancianos, orfanatos, una casa muy organizada para la regeneración de la mujer y, poco antes de su santa muerte, acontecida el 20 de septiembre de 1904 en la ciudad de Puebla de los Ángeles, llevó a su familia religiosa a la difícil misión entre los indígenas tarahumaras del norte de México.
Su fama de santidad se extendió rápidamente en el pueblo de Dios, que se dirigía a él pidiendo su intercesión.
Gracias, Señor, por la vida de san José María de Yermo y Parres, que supo ver tu rostro en los más abandonados y responder con obras concretas. Que su intercesión sostenga a quienes hoy siguen sirviendo a los pobres en su nombre, y que este testimonio nos anime a no pasar de largo ante el sufrimiento del hermano. Amén.


