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Haití: más de 250.000 niños atrapados entre el hambre y el terror

Pasaje Bíblico – Mateo 25:35 «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron en casa.»
Reflexión: El Señor no describe el hambre como una desgracia lejana, sino como una visita suya que llega con rostro de niño. Haití nos pone hoy ese rostro delante: más de 250.000 niños atrapados en las garras del hambre y del terror. Pasar de largo sería negar al que se hizo pequeño por nosotros. Que este pasaje no quede solo en nuestros labios, sino que se convierta en oración y en gesto concreto.

La noticia es dura y breve: en Haití, más de 250.000 niños están atrapados en las garras del hambre y del terror. No se trata de una cifra fría, sino de doscientos cincuenta mil nombres, doscientos cincuenta mil historias que hoy tienen por horizonte la escasez y el miedo. La magnitud del dato obliga a mirar de frente una realidad que no admite indiferencia.

El hambre y el terror aparecen unidos en el mismo anuncio, y esa unión es especialmente grave cuando quienes la padecen son los más pequeños. Un niño con hambre no puede estudiar, no puede jugar, no puede crecer; un niño que vive con miedo no puede confiar en nadie. Cuando ambas cosas se juntan, se compromete no solo el presente de una generación, sino también el porvenir de todo un pueblo.

Ante este drama, la fe cristiana no tiene respuestas de evasión. El Evangelio nos enseña que el hambriento interpela directamente a nuestra conciencia: lo que se haga o se deje de hacer con él tiene un valor eterno. Por eso, el primer deber del creyente es no naturalizar el sufrimiento, no acostumbrarse a leer cifras dramáticas como si fueran parte inevitable del paisaje del mundo.

La doctrina social de la Iglesia recuerda con insistencia la opción preferencial por los pobres y la defensa de la vida desde sus etapas más frágiles. Haití, golpeado por el hambre y el terror, interpela esa enseñanza con una urgencia particular: ninguna comunidad cristiana puede permanecer sorda cuando son los niños quienes llevan el peso mayor de la crisis. Rezar por ellos, ayunar, compartir lo propio y sostener toda obra de socorro son caminos concretos de caridad.

También la oración tiene su peso. Pedir a Dios por Haití no es una forma educada de no hacer nada; es reconocer que la paz y el pan son dones suyos y, al mismo tiempo, tareas nuestras. Quien reza con verdad se vuelve más atento a las necesidades del hermano y más dispuesto a servirlo con discreción y constancia.

Que la Virgen, madre de los que sufren, acompañe a estos niños y despierte en nosotros una compasión operante. Gracias por leer y por unirse, con la oración y con la caridad, a esta intención que hoy nos llega desde Haití.

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