Pasaje Bíblico – Mateo 18:6: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar.»
Reflexión: Con estas palabras, Jesús sitúa a los pequeños en el centro de la responsabilidad de la comunidad creyente. La plenaria de la comisión de protección de menores, encaminada hacia una nueva fase, recuerda que ninguna estructura eclesial se sostiene si descuida a los más indefensos. La tutela de los niños no es un añadido pastoral, sino una exigencia del Evangelio que interpela a cada bautizado.
La comisión de protección de menores ha celebrado su plenaria con la mirada puesta en el futuro. El eje de este encuentro es precisamente el paso hacia una nueva fase en el servicio que la Iglesia presta a los menores y a las personas vulnerables. No se trata de un simple trámite: la plenaria señala un momento de discernimiento sobre el camino recorrido y sobre lo que aún queda por hacer.
Hablar de una nueva fase implica reconocer que la protección de los menores no se agota en respuestas puntuales. Es un compromiso que debe sostenerse en el tiempo, con criterios claros, con formación constante y con una conversión pastoral que alcance a todas las instancias de la vida eclesial. La plenaria se presenta así como una ocasión para revisar y proyectar, no para dar por cerrado un capítulo.
La Iglesia está llamada a custodiar la confianza que las familias depositan en ella. Por eso, toda etapa nueva en este camino exige transparencia, escucha y responsabilidad. La comisión de protección de menores trabaja para que los ambientes eclesiales sean espacios seguros, donde los niños puedan crecer en la fe sin temor y donde los adultos asuman con seriedad su papel de guardianes.
Este itinerario tiene también una dimensión espiritual que no puede ignorarse. La protección de los pequeños es una forma concreta de vivir el mandato del Señor y de reparar, en la medida de lo posible, las heridas causadas. La oración, la penitencia y la humildad sostienen una tarea que no depende solo de estructuras, sino de corazones verdaderamente convertidos.
La nueva fase que la plenaria indica no se construye de un día para otro. Requiere paciencia, evaluación honesta y la valentía de reconocer los errores del pasado para no repetirlos. Es un camino sinodal, en el que cada comunidad está invitada a participar con responsabilidad, sabiendo que la credibilidad del anuncio cristiano pasa también por el cuidado de los más pequeños.
Que este paso hacia una nueva fase sea ocasión de renovación sincera y duradera, y que cuantos colaboran en esta tarea no pierdan de vista a quienes esperan de la Iglesia una palabra de justicia y de consuelo. Gracias por acompañarnos en esta lectura; sigamos rezando por la protección de los menores.


