Pasaje Bíblico – Mateo 19:14 “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el Reino de los Cielos es de los que son como ellos.”
Reflexión: El Señor no apartó a los niños: los puso en el centro y los propuso como modelo del Reino. San Juan Bosco entendió esa preferencia y la convirtió en programa de vida: ganar almas, sobre todo de niños y jóvenes, para llevarlas a Dios. Su Sistema Preventivo —religión, temor santo de Dios, sacramentos, oración y mucho amor— fue el eco fiel de aquella palabra. Su testimonio sigue recordando a la Iglesia que también se puede ser santo con mucha alegría.
Un Santo tan popular, tan universalmente venerado, tan querido de todos. Un hombre tan grande, con una idea fija: ¡Señor, dame almas!… Almas, almas, sobre todo de niños y de jóvenes, para llevarlas a ti.
Al hablar de San Juan Bosco hay que empezar por su madre, la famosa mamá Margarita, porque la madre dejó impresa en Juan una huella indeleble, de mucha trascendencia en su vida y en su misión educadora. Margarita formó a su hijo en el temor santo de Dios, y le decía con gravedad:
– Dios nos ve; Dios está en todas partes; Dios es nuestro Padre, nuestro Redentor y nuestro Juez, que de todo nos tomará cuenta, que castigará a los que desobedecen sus leyes y mandatos, y premiará con largueza infinita a los que le aman y obedecen. Debemos acostumbrarnos a vivir siempre en la presencia de Dios, puesto que él está presente en todo.
Esto decía una madre cristiana, tan amorosa pero tan seria, que supo poner un fundamento indestructible. Juan aprendió bien la lección, y ese temor de Dios sería la base de su sistema educativo.
Pronto descubrió el niño Juan, a sólo nueve años de edad, lo que iba a ser su vida.
Tuvo una visión extraordinaria. Contempló en una pradera a muchos niños que gesticulaban, blasfemaban, robaban y se entregaban a toda suerte de fechorías. Entonces él, Juan Bosco, se tiró en medio de ellos, y empezó a repartir golpes y bastonazos furiosos… Hasta que le detuvo el Señor, que se le apareció y le amonestó:
– ¡No; así no se hace! Ponte en medio de ellos, y enséñales lo feo que es el pecado y lo bella que es la vida cristiana.
Apareció también la Señora, que le mostró una manada de animales extraños y feroces, cambiados después en corderos juguetones y que balaban amorosos, mientras la Señora le decía:
– ¡Mira lo que te espera! Hazte bien humilde, fuerte, bueno, y verás lo que vas a hacer. Juan se echó a llorar. Pero siguió la Señora: – Llegará un tiempo en que lo comprenderás todo.
Y desapareció la visión. En ella está encerrada la misión que le esperaba a Juan Bosco: Jesucristo y la Virgen le encomendaron la salvación de los niños y los jóvenes. En vez de ser unos maleantes y unos perdidos en la sociedad, como los animales aquellos, serían ciudadanos dignos y unos cristianos ejemplares, como corderitos mansos.
Ya sacerdote, Juan Bosco estaba en la sacristía y vio cómo el sacristán golpeaba sin compasión a un muchacho de quince años porque no sabía ayudar a Misa. Juan Bosco se enterneció.
– Ven, muchacho. Vamos a rezar. – Yo no sé rezar, Padre. – No tengas miedo, ya lo harás conmigo. Se arrodillaron los dos, y rezaron a la Virgen. Don Bosco le encargó: – Vente aquí el domingo por la tarde.
Y allí se presentó el chico con otros compañeros. ¡Nacía entonces en Turín la obra de los Oratorios festivos, y con ella toda la obra inmensa de Don Bosco! Los Salesianos, las Hijas de María Auxiliadora… Y por doquier, oratorios, escuelas, templos de fuerte espiritualidad…
Nos hemos acostumbrado a pensar en un Don Bosco que pasaba la vida riendo y haciendo reír. Pero hay que adentrarse en aquella alma de santo troquelada en la pobreza, el abandono y la comprensión de los principios del Oratorio, que era emigrante hasta que se asentó de manera estable. Los chicos le vieron por primera vez llorar. Y su madre, la clásica mamá Margarita, mujer santa de veras, aunque vivía feliz en el seno del hogar con su hijo José y sus nietecitos, abandonó decidida todo para vivir en plenitud la pobreza y las angustias de su hijo Juan, el sacerdote de quien estaba tan orgullosa. La madre de Don Bosco fue también la madre de cientos y de miles de muchachos del Oratorio bendito.
¿Dónde está el secreto de Don Bosco? Está en su Sistema Preventivo, que se ha hecho famoso. Al niño, al joven, hay que darle Religión, Temor santo de Dios, Sacramentos, Oración. Para cuando el demonio venga, llegará tarde.
Después, meter grandes convicciones en el niño y en el joven, para que actúen siempre con sentido de responsabilidad, por sí mismos, y no por miedo.
Y, finalmente, tratarlos con mucho amor. La familiaridad con ellos les llevará al amor. El amor les inspirará confianza. Con la confianza en el educador, se tiene todo ganado.
Así lo hacía Don Bosco. Su mejor alumno, Domingo Savio, que con sus quince años está en los altares, decía: -Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en mucha alegría.
En 1887, poco antes de morir, Don Bosco llegó a Roma para inaugurar la Basílica del Sagrado Corazón; hasta quince veces interrumpió la Misa con el llanto. ¿Por qué lloraba?… Le habían venido a la mente las palabras de la Virgen en aquella visión: -A su tiempo lo entenderás todo. Así era. Tantos niños y jóvenes como se hubieran perdido eran, en sus oratorios y escuelas, una gloria de la sociedad y de la Iglesia. ¡Miles y miles de jóvenes en camino de salvación!… Su sed de almas estaba saciada…
Don Bosco, San Juan Bosco, es uno de los hombres más providenciales suscitados por Dios en la Iglesia de nuestros días.
Gracias, Señor, por la vida de San Juan Bosco y por tantos educadores que, como él, gastaron sus días por los jóvenes. Que su intercesión sostenga a quienes enseñan y a quienes aprenden, y que ninguno de los pequeños se pierda. Amén.

