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Reflexión del Día: La regla de oro: el amor que toma la iniciativa y no espera recompensa

Pasaje Bíblico – Mateo 7:12 «Todo lo que ustedes quieran que los hombres hagan con ustedes, háganlo también ustedes con ellos; pues esto es la Ley y los Profetas.»
Reflexión: La llamada «regla de oro» no es un simple refrán de buena convivencia, sino la síntesis que Jesús hace de toda la Ley y los Profetas. El Señor no pide una simpatía vaga, sino una decisión concreta: ponerse en el lugar del otro antes de hablar, de juzgar o de actuar. Y la propone en forma activa, no como una queja pasiva ante el trato ajeno.

El texto evangélico tiene una particularidad que conviene no pasar por alto: no dice «no hagas a otros lo que no quieres para ti», sino «hagan ustedes con ellos». El discípulo no espera a ser tratado bien para tratar bien; toma la iniciativa porque ha recibido primero el amor de Dios. Esa es la diferencia entre una ética de la compensación y una caridad que se adelanta.

En la práctica, sin embargo, medimos con dos medidas. Somos pacientes con nuestros propios cansancios y severos con los ajenos; exigimos comprensión y la negamos; reclamamos justicia y la administramos según nuestro interés. La regla de oro invita a un examen sincero: ¿qué espero yo de los demás y qué estoy dispuesto a darles?

Ese examen tiene nombres concretos: la palabra áspera que evito, la escucha que concedo, la paciencia con quien piensa distinto, la fidelidad en lo pequeño, el perdón que cuesta. Ahí se juega la fe, no solamente en las grandes declaraciones. La caridad no es un sentimiento difuso, sino una manera determinada de tratar a las personas, también cuando nadie lo nota.

La comunidad cristiana está llamada a ser el lugar donde esta medida se aprende. En la familia, en el trabajo, en la parroquia y en la vida social, el creyente está invitado a sembrar un trato humano que no dependa del humor ajeno ni de la respuesta recibida. Quien vive así no hace ruido, pero sostiene la convivencia y edifica.

No se trata de ingenuidad ni de callar la verdad. El amor cristiano es firme y respetuoso a la vez; sabe corregir sin humillar y acompañar sin complacer. Pedir al Señor un corazón semejante es pedir algo que Él concede con gusto, porque es precisamente lo que vino a enseñarnos con su vida.

Damos gracias a Dios por su Palabra, que cada día nos vuelve a proponer el camino más simple y a la vez más exigente: tratar a los demás como quisiéramos ser tratados.

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