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La escuela LaValla en Camboya: la educación que se crece frente a todas las barreras

Pasaje Bíblico – Juan 14:6: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí.»
Reflexión: Jesús no se presenta como una puerta cerrada, sino como camino abierto para quien lo sigue. Toda obra educativa que ayuda a un niño a encontrar su propio camino participa de esa promesa: donde otros ven un muro, la paciencia y la esperanza cristiana ven un paso posible.

En Camboya, la escuela LaValla se presenta como un signo elocuente de que la educación no se mide por los límites que encuentra, sino por la fuerza con la que los enfrenta. La referencia a esta experiencia insiste en un punto central: su fortaleza se muestra contra todas las barreras, no solamente contra algunas.

Hablar de barreras en la escuela es hablar de muchos muros a la vez: la distancia, la falta de recursos, la indiferencia social, la desconfianza hacia quien es distinto o la tentación de resignarse a que algunos niños simplemente no llegarán. La escuela LaValla, según se destaca, sostiene lo contrario: ninguna de esas barreras tiene la última palabra sobre la vida de un alumno.

Esta convicción hunde sus raíces en el modo cristiano de mirar a cada niño. Antes que un proyecto por completar o un número en una estadística, el alumno es un don, una vida llamada a crecer. Por eso la tarea educativa no consiste solo en transmitir contenidos, sino en abrir caminos: enseñar a leer, ciertamente, pero también enseñar a confiar, a convivir y a saberse amado.

La fuerza de una escuela así tampoco nace de sus edificios ni de sus programas, sino de las personas que la sostienen. Docentes, familias y comunidades que aceptan la fatiga diaria de acompañar, que repiten una explicación una vez más, que esperan a quien va más despacio, hacen posible lo que ningún discurso logra por sí solo: que la barrera deje de ser destino.

En un país como Camboya, donde tantas historias han sido marcadas por el sufrimiento, una escuela que no se rinde frente a las dificultades se convierte también en memoria y en profecía: memoria de que la educación ha reconstruido vidas, y profecía de que todavía puede hacerlo. Cada alumno que aprende es una respuesta serena a la tentación de excluir.

La experiencia de LaValla invita, en definitiva, a mirar la educación como misión y no como simple servicio, y a recordar que las barreras se derriban cuando alguien decide no pasar de largo. Agradecemos de corazón poder compartir estas noticias con ustedes, y los animamos a seguir rezando por quienes educan con esperanza.

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