Pasaje Bíblico – Hechos 5:29: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.»
Reflexión: La respuesta de Pedro y los apóstoles ante el tribunal de Jerusalén ilumina toda la vida de la Iglesia y, de modo particular, la de los mártires. San Marcelo de Tánger la vivió en su propia carne: siendo centurión, entendió que ningún juramento militar podía colocarse por encima de la fidelidad a Cristo. Su gesto no fue un desprecio de la disciplina ni un arrebato, sino la confesión serena de una conciencia bautizada que reconoce un solo Señor. También hoy la fe exige decisiones valientes y, a veces, costosas: saber a quién pertenecemos primero, para poder servir después con rectitud a los hombres.
Martirologio Romano: En Tánger, ciudad de Mauritania, pasión de san Marcelo, centurión, que el día del cumpleaños del emperador, mientras los demás ofrecían sacrificios, se quitó las insignias de su función y las arrojó al pie de los estandartes, afirmando que por ser cristiano no podía seguir manteniendo el juramento militar, pues debía obedecer solamente a Cristo, y así consumó su martirio al ser inmediatamente decapitado († c. 298).
Se conservan actas con bastantes rasgos de historicidad.
Marcelo es un centurión que, según parece, pertenecía a la Legio VII Gemina y el lugar de los hechos bien pudo ser la ciudad de León.
Su proceso tuvo lugar en dos pasos: primero en España, ante el presidente o gobernador Fortunato (28 de julio del 298) y en Tánger el definitivo, ante Aurelio Agricolano (30 de octubre del mismo año).
Fortunato envió a Agricolano el siguiente texto causa del juicio contra Marcelo: «Manilio Fortunato a Agricolano, su señor, salud. En el felicísimo día en que en todo el orbe celebramos solemnemente el cumpleaños de nuestros señores augustos césares, señor Aurelio Agricolano, Marcelo, centurión ordinario, como si se hubiese vuelto loco, se quitó espontáneamente el cinto militar y arrojó la espada y el bastón de centurión delante de las tropas de nuestros señores».
Ante Fortunato, Marcelo explica su actitud diciendo que era cristiano y no podía militar en más ejército que en el de Jesucristo, hijo de Dios omnipotente.
Fortunato, ante un hecho de tanta gravedad, creyó necesario notificarlo a los emperadores y césares y enviar a Marcelo para que lo juzgase su superior, el viceprefecto Agricolano. En Tánger, y ante Agricolano, se lee a Marcelo el acta de acusación, que él confirma y acepta, por lo que es condenado a la decapitación.
La historia es así de escueta a la distancia de casi dieciocho siglos.
La leyenda (no necesariamente falsa) abunda en algunos detalles que, si bien no son necesarios para el esclarecimiento del hecho, sí lo explicita, o al menos lo sublima para estímulo de los cristianos. Así, se añade la puntualización de que se trataba de un acto oficial y solemne en que toda la tropa militar estaba dispuesta para ofrecer sacrificios a los dioses paganos e invocar su protección sobre el Emperador.
Los descreídos probablemente aseveren que un acto así es propio de un loco; sí, una locura. Perder la vida… por nada. Ya lo dijo también el jefe romano.
Los cobardes, con su ánimo pusilánime, probablemente afirmen que Marcelo hizo el tonto; en fin, que algunas veces, en situaciones delicadas, es preciso contemporizar cuando los tiempos vienen así, que hay que saber adaptarse y que… lo importante es creer en Dios.
Los fanáticos, dejándose llevar de la temeridad impulsiva que los caracteriza, quizá digan que un hombre con fe, en una situación como esa, debía haberse liado a sablazos con los jefes y con los demás soldados. Fue… un miserable blando.
La Iglesia ve en Marcelo… a un mártir.
Gracias por acompañarnos en esta memoria de san Marcelo de Tánger. Que su testimonio nos ayude a preguntarnos, con sinceridad, cuál es el lugar que ocupa Cristo en nuestras decisiones de cada día. Hasta la próxima entrega de este santoral.


