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Nueva tragedia en el Atlántico: migrantes de África hacia las Islas Canarias

Pasaje Bíblico – Deuteronomio 10:18: «hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero dándole pan y vestido.»
Reflexión: La Palabra de Dios no presenta al extranjero como una amenaza ni como una cifra, sino como alguien a quien el Señor mismo ama y sostiene. Ante una nueva tragedia en el Atlántico, esta certeza nos impide mirar hacia otro lado: el dolor de quienes cruzan el mar interpela nuestra fe y nos recuerda que la caridad cristiana no admite fronteras ni se detiene ante ninguna costa.

Una nueva tragedia se ha registrado en el Atlántico, en la ruta migratoria que conduce desde África hasta las Islas Canarias. La información de referencia confirma un nuevo episodio de dolor en ese corredor marítimo, sin que corresponda a este medio añadir precisiones que no han sido comunicadas oficialmente.

La ruta atlántica hacia las Islas Canarias se ha convertido, una vez más, en escenario de sufrimiento para personas que abandonan sus lugares de origen buscando un futuro. Cada travesía interrumpida deja detrás familias que esperan noticias, comunidades que se movilizan y equipos de rescate que trabajan contra el tiempo. El mar, que debería ser camino de encuentro, vuelve a ser escenario de duelo.

Como creyentes no podemos acostumbrarnos a estas noticias. La vida de cada migrante tiene un valor que no depende de su documentación, de su nacionalidad ni de su éxito en llegar a puerto. El sufrimiento de quienes se embarcan en condiciones extremas es un llamado urgente a la conciencia de las naciones, de las instituciones y de cada comunidad cristiana.

La enseñanza de la Iglesia ha recordado insistentemente la dignidad de toda persona y el deber de acoger, proteger, promover e integrar a quien se ve obligado a emigrar. No se trata de una opción política, sino de una exigencia evangélica: el forastero, dice el Señor, también fue extranjero, y su clamor sube hasta Él.

Ante esta nueva pérdida, corresponde rezar por quienes han perdido la vida en el mar, por sus familias y por quienes sobreviven con el recuerdo de lo vivido. Corresponde también pedir a quienes tienen responsabilidad pública que la búsqueda de soluciones legales y seguras no se convierta en retórica, y que la cooperación entre países ponga en el centro a las personas antes que a los intereses.

Es momento de que las comunidades cristianas cercanas a las costas, y también las que están lejos, redoblen su oración y su servicio concreto: acompañar a los familiares, sostener a quienes atienden las emergencias y no permitir que la indiferencia gane terreno. Una nueva tragedia en el Atlántico nos obliga a preguntarnos qué hemos hecho y qué haremos de aquí en adelante.

Gracias por acompañar esta reflexión y por mantener encendida la memoria de quienes ya no volverán a pisar tierra firme.

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