Pasaje Bíblico – Mateo 4:10: «Retírate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él servirás.»
Reflexión: La respuesta de Jesús en el desierto traza la frontera que ningún discípulo puede cruzar: sólo Dios merece adoración. En tiempos en que el poder exigía un gesto de culto a los ídolos, hubo creyentes que prefirieron la pérdida de todo antes que inclinar la cabeza ante un falso dios. Su testimonio no es un episodio lejano, sino una pregunta que sigue interpelando a la conciencia de cada generación: ¿qué estamos dispuestos a ceder cuando la fidelidad a Cristo se vuelve incómoda? La firmeza de aquellos soldados recuerda que la fe no se negocia por conveniencia ni se conserva por silencio.
Recordamos a cuatro hermanos mártires: Severo, Severino, Carpóforo y Victorino, que vivieron en la última parte del siglo III y a comienzos del IV.
Servían como militares al emperador Diocleciano, pues gozaban de gran reputación como soldados, y tenían puestos honoríficos en la corte. Además, eran cristianos y no ocultaban su condición de tales; asistían a las reuniones y a los oficios divinos, generalmente realizados en las catacumbas, socorrían a los pobres y visitaban a los presbíteros.
En el año 304, Diocleciano decretó que todos los súbditos del Imperio sacrificasen públicamente a los dioses. Se desató de este modo, con mayor furor, la persecución contra los seguidores de Cristo, y prontamente los cuatro santos fueron apresados.
Como se negaron a prestar juramento a los dioses, fueron llevados delante del ídolo de Esculapio y amenazados de muerte si no le rendían culto. Los cuatro gritaban: «¡Es un falso Dios!». Fueron azotados cruelmente, pero ellos continuaron gritando: «¡Nuestro Dios es Jesucristo!». Se los sometió a toda clase de tormentos. Y así, entregaron su vida.
Diocleciano ordenó que sus cuerpos fuesen arrojados a la plaza, para que sirvieran de alimento a los perros. Afirma la tradición que, transcurridos cinco días, ningún perro se les acercó, poniendo de manifiesto que los hombres eran más crueles que las bestias. Los cristianos, en secreto, les dieron sepultura en un arenal. Sus restos están ahora en la iglesia que lleva el nombre de los Santos Coronados, en Roma.
Los santos mártires Claudio, Nicóstrato, Sinforiano, Castor y Simplicio, cuyo recuerdo celebra la Iglesia también hoy, padecieron en la misma persecución y fueron sepultados en el mismo cementerio. Estos cinco eran escultores de profesión y se negaron a esculpir una estatua del dios Esculapio, para no dar lugar a idolatría. Diocleciano mandó que fuesen azotados, sus cuerpos se colocaron en cajones y arrojados al río. No es seguro que este hecho haya ocurrido en Roma o que en realidad ocurrió en Panonia (actual Hungría). No obstante, sus restos descansan también en la iglesia de los Santos Coronados, en Roma.
Espíritus sublimes, ¡oh mártires gloriosos!, felices moradores de la inmortal Sión, rogad por los que luchan en las batallas recias, que alcancen la victoria y eterno galardón. ¡Oh mártires gloriosos de rojas vestiduras, que brillan con eternos fulgores ante Dios! Con vuestro riego crezca de Cristo la semilla, y el campo de las mieses se cubra ya en sazón. Amén. — Himno de la Liturgia de las Horas
Gracias por acompañarnos en esta memoria de los santos mártires. Que su ejemplo sostenga nuestra fidelidad en los días fáciles y en los difíciles, y que la intercesión de los Santos Coronados guarde a la Iglesia peregrina.


