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Reflexión del Día: La misericordia, escuela cotidiana del discípulo

Pasaje Bíblico – Mateo 5:7: «Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»
Reflexión: Jesús no propone la misericordia como un gesto aislado ni como un rasgo opcional del carácter cristiano, sino como una bienaventuranza: un camino de felicidad que lleva inscrita una promesa. Quien mira al hermano con los ojos del Padre descubre que la misericordia recibida y la misericordia dada son una misma realidad, y que solo se conserva lo que se entrega.

La misericordia no es un sentimiento pasajero ni una señal de debilidad. Es el modo en que Dios ha querido darse a conocer a lo largo de la historia de la salvación: el pueblo de Israel aprendió, entre infidelidades y regresos, que el Señor es compasivo, lento a la ira y rico en amor. Al proclamar esta bienaventuranza, Jesús no añade una virtud más a una lista, sino que revela el corazón mismo del Padre y lo propone como programa de vida para sus discípulos.

La lógica del Evangelio es exigente: alcanzará misericordia quien la haya practicado. No se trata de un cálculo interesado, sino de una ley espiritual honda, la misma que atraviesa la oración del Padrenuestro cuando pedimos el perdón «como también nosotros perdonamos». Quien se niega a perdonar se cierra a la única medida con la que Dios quiere medirlo.

La tradición cristiana ha traducido esta bienaventuranza en obras concretas: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, visitar al enfermo y al encarcelado. Y junto a esas obras corporales, otras tantas espirituales: enseñar, aconsejar, corregir con paciencia, consolar, perdonar, soportar con serenidad y orar por los vivos y los difuntos. Todas ellas forman una misma escuela, la del amor que se hace cercano.

Un lugar privilegiado donde esta misericordia se recibe y se aprende es el sacramento de la Reconciliación. Allí el creyente experimenta que el perdón no se compra ni se merece, sino que se acoge con humildad, y que quien ha sido perdonado queda enviado a perdonar a su vez, sin guardar cuentas ni alimentar rencores.

Pero la misericordia se juega, sobre todo, en lo cotidiano: en la paciencia dentro de la propia familia, en la palabra prudente que no humilla, en el juicio que se detiene antes de condenar, en el tiempo regalado a quien sufre en silencio. No hace falta esperar grandes ocasiones, porque cada jornada ofrece motivos pequeños y verdaderos para ejercitar esta bienaventuranza.

Que el Señor nos conceda un corazón compasivo, capaz de reconocerse necesitado de perdón y dispuesto a darlo. Gracias por acompañarnos en esta reflexión; que la misericordia recibida se transforme hoy en gestos concretos de caridad.

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