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Haití: la crisis que no debe convertirse en una tragedia olvidada

Pasaje Bíblico – Mateo 25:40: «Yo se lo aseguro: todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos, por el más pequeño, lo hicieron por mí.»
Reflexión: El Señor no mide nuestra caridad por la magnitud de los titulares, sino por la cercanía concreta al que sufre. Cuando una crisis se prolonga demasiado, el riesgo no es solo material: es que dejemos de mirar. Este pasaje nos recuerda que el hermano olvidado sigue siendo Cristo para nosotros.

Haití atraviesa una crisis que la propia información de referencia describe como interminable. No se trata de un episodio pasajero ni de una emergencia que se resuelva en pocas semanas, sino de una situación que se prolonga y que golpea a un pueblo entero. Junto a ese diagnóstico, la fuente formula una advertencia que interpela directamente a nuestras conciencias: que esa crisis no se convierta en una tragedia olvidada.

El peligro del olvido es real. Cuando una noticia se repite durante mucho tiempo, corre el riesgo de volverse paisaje: deja de conmovernos, deja de ocupar titulares, deja de estar en nuestras conversaciones y en nuestras oraciones. Así, un sufrimiento que continúa puede quedar silenciado, no porque haya terminado, sino porque hemos dejado de mirarlo.

Para el creyente, esta advertencia tiene un nombre evangélico: no pasar de largo. La fe no admite una indiferencia tranquila ante el dolor ajeno. El mismo Señor que se identifica con el más pequeño nos pide una atención sostenida, paciente, capaz de acompañar incluso cuando la situación parece no cambiar.

Esa atención se expresa, en primer lugar, en la oración perseverante por el pueblo haitiano, y se traduce también en gestos concretos de caridad, en la solidaridad que no busca protagonismo y en la disposición a no abandonar la causa cuando ya no está en los primeros lugares de la actualidad. Mantener viva la memoria de quien sufre es ya una forma de amor.

Que esta crisis interminable no se convierta en una tragedia olvidada depende, en parte, de cada uno de nosotros. Depende de que sigamos nombrando a Haití, de que sigamos rezando por sus hijos y de que nuestra caridad no se apague cuando el tema deje de ser noticia. La fidelidad en lo pequeño y en lo prolongado es también un camino de santidad.

Gracias por acompañarnos en esta reflexión. Que la memoria agradecida y la oración constante por quienes sufren nos guarden de la peor de las pobrezas: la de haber olvidado al hermano.

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