Pasaje Bíblico – Salmo 34:9
«Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en él.»
Reflexión: El salmista no se limita a hablar de Dios: invita a experimentarlo. La fe cristiana no es una teoría sobre lo sagrado, sino un encuentro que se prueba en la vida cotidiana, en la oración sencilla, en la prueba sostenida y en el bien que se hace al prójimo. Quien se refugia en el Señor descubre que la confianza no defrauda.
Ese «gusten y vean» resuena hoy como una llamada pastoral para tantos bautizados que caminan entre cansancios, incertidumbres y responsabilidades. La invitación es clara: acercarse a Dios con el corazón abierto, sin esperar a tenerlo todo resuelto para comenzar a rezar. La vida de fe se aprende viviéndola, como se aprende a saborear un pan recién hecho.
El Salmo 34 nace, además, en un contexto de peligro y de liberación. No es la expresión ingenua de quien nunca ha sufrido, sino el testimonio de quien ha sido sostenido en medio de la angustia. Por eso su lenguaje sigue siendo actual: el creyente también atraviesa noches difíciles, y precisamente allí aprende que el refugio verdadero no está en las propias fuerzas, sino en la fidelidad de Dios.
La tradición espiritual de la Iglesia ha señalado siempre dos lugares concretos donde se «gusta» esa bondad: la Palabra escuchada y los sacramentos celebrados. La lectura orante de la Escritura, aunque sea de unos minutos diarios, y la participación en la Eucaristía van educando el gusto interior, ese discernimiento que permite reconocer lo bueno y apartarse de lo que hiere el alma.
Hay, además, una dimensión comunitaria que no puede omitirse. La bondad del Señor se vuelve visible en gestos concretos: una visita al enfermo, una palabra de aliento al que desfallece, el pan compartido con quien tiene hambre, la paciencia con quien nos cuesta amar. Quien ha gustado la misericordia se vuelve, a su vez, misericordioso.
Para el creyente, el «dichoso el hombre que se refugia en él» no es una promesa de ausencia de problemas, sino de compañía. La confianza cristiana no elimina la fatiga, pero cambia su sentido: la prueba deja de ser un callejón sin salida y se convierte en lugar de encuentro. Esa certeza sostiene la esperanza y devuelve la paz al corazón inquieto.
En tiempos donde abundan los mensajes que prometen satisfacciones inmediatas, la Palabra propone un camino más humilde y más firme: probar la bondad de Dios en lo ordinario, agradecer lo recibido y volver a Él cada día, sin grandes discursos, con la sencillez del que sabe que es amado. Así la fe deja de ser costumbre y se transforma en vida.
Gracias por acompañar esta reflexión; que la confianza en el Señor renueve la esperanza de quienes la lean y los impulse a compartirla.


