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La Santa Sede reafirma que la dignidad humana es inviolable desde la concepción hasta la muerte natural

Pasaje Bíblico – Génesis 1:27 «Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.»
Reflexión: Si cada persona lleva impresa la imagen de Dios, entonces su valor no depende de su edad, su salud ni de las circunstancias que la rodean. Esa convicción sostiene la enseñanza que la Santa Sede vuelve a proponer: la vida humana merece respeto absoluto desde su primer instante hasta su término natural.

La Santa Sede recuerda que la dignidad humana es inviolable desde la concepción hasta la muerte natural. Se trata de un principio que no nace de acuerdos políticos ni de mayorías circunstanciales, sino de la condición misma de la persona, creada a imagen de Dios y destinada a una vida que trasciende este mundo.

Según este criterio, el valor de una vida no se mide por su utilidad, su autonomía o su capacidad productiva. El niño que aún no ha nacido, el enfermo que ya no puede valerse por sí mismo, el anciano que se acerca al final de su camino y quien vive con una discapacidad poseen la misma dignidad. Ninguna etapa de la existencia es más valiosa que otra.

De ahí se sigue una consecuencia clara: ninguna circunstancia justifica atentar contra la vida humana. La Iglesia sostiene que el respeto a la persona debe traducirse en leyes, instituciones y prácticas sanitarias capaces de proteger a los más frágiles, particularmente cuando no pueden defender por sí mismos el derecho a existir y a ser cuidados.

La Santa Sede insiste, además, en que esta dignidad es una sola e indivisible. No cabe invocarla para unos y negarla para otros. Cuando se acepta que algunos pueden ser descartados en nombre del bienestar o de la comodidad, se abre un camino que termina afectando a toda la sociedad, porque debilita el fundamento mismo de la convivencia.

Desde la perspectiva pastoral, acoger este principio implica acompañar con cercanía a quienes sufren, a las madres que atraviesan dificultades, a las familias que cuidan a un ser querido enfermo y a quienes trabajan en la medicina y la legislación. La defensa de la vida no es un discurso abstracto, sino una tarea concreta de misericordia y de justicia.

Que esta certeza ilumine nuestras decisiones cotidianas y nos impulse a custodiar la vida de los demás como un don recibido de Dios. Gracias por leer y compartir esta reflexión.

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