Pasaje Bíblico – Mateo 6:21 «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.»
Reflexión: El Señor no nos pide que dejemos de amar, sino que amemos en el orden correcto. Un corazón puesto en lo que pasa se inquieta; un corazón puesto en Dios descansa, porque descubre que todo lo demás se recibe como don.
En el Evangelio de san Mateo, dentro del Sermón de la Montaña, Jesús advierte a sus discípulos sobre los tesoros que se acumulan en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y los invita a buscar los tesoros que permanecen. La sentencia que cierra esa enseñanza es breve, pero desnuda el interior de cada persona: donde está el tesoro, allí está el corazón.
El tesoro del que habla el Señor no es únicamente el dinero. Es todo aquello a lo que entregamos tiempo, afecto y energías: la familia, el trabajo, la salud, los proyectos personales, la propia imagen ante los demás. El corazón sigue con naturalidad aquello que más valoramos, y en esa dirección se decide la vida entera.
Por eso el Evangelio no desprecia los bienes, sino que enseña a ordenarlos. La tradición cristiana ha hablado siempre de la pobreza de espíritu como una libertad interior: no la ausencia de bienes, sino la capacidad de poseerlos sin quedar atados a ellos, de disfrutarlos sin convertirlos en ídolos.
Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio. El trabajo se vuelve servicio, la familia se vuelve escuela de entrega, los bienes se vuelven instrumentos de caridad. En cambio, cuando lo creado ocupa el lugar del Creador, aun las cosas buenas se vuelven pesadas y generan inquietud, comparación y miedo a perder.
Esta enseñanza tiene una dimensión concreta y comunitaria. La Iglesia recuerda constantemente que el encuentro con el hermano necesitado es también un encuentro con Cristo, y que la limosna, la sobriedad y la hospitalidad son gestos sencillos que reorientan el corazón hacia el verdadero tesoro.
La pregunta de Jesús, entonces, no es un interrogatorio, sino una invitación al examen sereno. Vale la pena preguntarse en la oración: ¿qué ocupa mis pensamientos cuando no tengo obligaciones?, ¿qué me quita la paz?, ¿a quién sirvo con mi tiempo y mis recursos?
Agradecemos su compañía en esta reflexión y pedimos al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de reconocer sus dones sin esclavizarse a ellos, y de buscar siempre lo que no se corrompe ni pasa.


