Pasaje Bíblico – Gálatas 6:2: «Ayúdense los unos a los otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo.»
Reflexión: La ley de Cristo es el amor, y el amor se vuelve concreto cuando alguien decide sostener a otro con su oración. En la plaza de San Pedro, los fieles no pidieron nada para sí mismos: ofrecieron compañía espiritual al Papa con una frase breve y honda, «rezamos por ti». Ahí se ve la Iglesia que camina unida, donde nadie carga solo el peso de su misión.
Los fieles reunidos en la plaza de San Pedro se acercaron al Papa para expresarle, con palabras sencillas, su cercanía y su afecto: «rezamos por ti». La escena quedó como un testimonio elocuente de lo que significa la comunión entre el Sucesor de Pedro y el pueblo que le ha sido confiado.
No se trató de un gesto protocolario. Quienes pronunciaron esa frase la convirtieron en una promesa: la de acompañar con la oración al Pastor de la Iglesia universal, sobre todo cuando su tarea se vuelve más pesada. La plaza, con su columnata, volvió a mostrarse como el lugar donde el Pueblo de Dios se reúne para mirar a la vez al cielo y al hermano.
La oración por el Papa no es una costumbre añadida a la fe: forma parte de la vida cristiana. Rezar por quien preside en la caridad significa sostener su ministerio, pedir para él luz y fortaleza, y comprender que su servicio no es un asunto privado, sino un bien para toda la Iglesia. Cuando los fieles dicen «rezamos por ti», reconocen que esa misión se apoya también en la intercesión de los sencillos.
Las palabras recogidas en la plaza tienen además un valor de ejemplo. Enseñan que la cercanía al Papa no se mide por la distancia física ni por los grandes discursos, sino por la fidelidad de una oración humilde, repetida quizá sin testigos, ofrecida cada día por quien no conocemos y que, sin embargo, sostiene nuestra fe. Es la comunión de los santos hecha vida cotidiana.
Para los creyentes que siguen la vida de la Iglesia desde sus casas, este testimonio es una invitación concreta: rezar también por el Papa, por su salud, por su ánimo y por su misión; y rezar unos por otros, como aquellos fieles lo hicieron en la plaza. La oración compartida no resuelve por sí sola los problemas, pero sostiene a quienes deben afrontarlos y recuerda que nadie está solo en la Iglesia.
Que el Señor escuche el clamor de su pueblo reunido en la plaza de San Pedro y de todos los que, desde cualquier lugar del mundo, se unen a esa misma súplica confiada. Gracias por acompañar esta lectura y por sostener con la oración a quienes anuncian el Evangelio.


