Pasaje Bíblico – Juan 20:21: «Les dijo otra vez: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, así también yo los envío a ustedes”».
Reflexión: La paz que trae el Resucitado no es una calma superficial: es un don que se convierte en misión. Quien lo recibe es enviado a preparar caminos de encuentro y a tender puentes donde todavía hay división.
Gallagher expresó una convicción que ilumina el quehacer de cuantos trabajan por la concordia entre los pueblos: la diplomacia prepara el camino para la paz. Esta afirmación no es una simple constatación técnica sino una visión moral profunda, porque la paz verdadera no nace de la imposición, sino del reconocimiento mutuo y del esfuerzo paciente por resolver las diferencias.
La diplomacia, comprendida desde esta perspectiva, es un servicio al bien común: exige escuchar al otro, defender la dignidad de cada persona y buscar soluciones que favorezcan la convivencia. Es un trabajo lento y muchas veces silencioso, pero indispensable para que las heridas de los conflictos no vuelvan a abrirse.
La enseñanza que Gallagher ofrece recuerda que los caminos de diálogo suelen ser más sólidos que las respuestas de fuerza. La negociación honesta, aunque demande tiempo, puede evitar sufrimientos mayores y abrir espacios donde la vida y la justicia sean protegidas.
La comunidad cristiana está llamada a sostener con la oración a quienes participan en estas responsabilidades: que no se dejen vencer por el desánimo ni por la tentación de responder al mal con el mal. Cristo ha enviado a los suyos con el don de su paz para que sean instrumentos de reconciliación donde la presencia del hombre parece no alcanzar.
Damos gracias a Dios por estos esfuerzos que preparan caminos de paz y pedimos que Él siga guiando los pasos de quienes trabajan por el encuentro entre los pueblos.


