Pasaje Bíblico – Hebreos 13:14 «Pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la futura.»
Reflexión: El creyente no atraviesa el mundo como quien no tiene responsabilidad sobre él. Precisamente porque espera la ciudad futura, trabaja con esperanza en la ciudad presente, tendiendo puentes donde otros levantan muros y sembrando paz donde otros siembran división.
Koovakad dirigió un llamado a las religiones para que colaboren en la construcción de la ciudad de Dios. Su intervención situó el encuentro entre las tradiciones religiosas en el horizonte del bien común, y no en el de la simple convivencia o la cortesía protocolar.
La expresión «ciudad de Dios» remite a una larga tradición cristiana: la comunidad de los creyentes peregrina en la historia mientras orienta su esperanza hacia la plenitud definitiva. Ese horizonte no aparta a nadie del esfuerzo por mejorar las condiciones de vida de los pueblos; al contrario, lo fundamenta y lo sostiene.
En esa perspectiva, las religiones no son realidades llamadas a enfrentarse entre sí, sino voces distintas convocadas a un mismo servicio: la dignidad de la persona humana, la justicia y la paz. Cuando cada tradición aporta su propia riqueza espiritual, la ciudad se vuelve más habitable para todos y nadie queda excluido.
Koovakad subrayó así una convicción que atraviesa el magisterio de la Iglesia: la colaboración entre creyentes de diversas confesiones es un camino concreto para responder a desafíos que ninguna institución puede afrontar sola. Nadie edifica una ciudad justa desde el aislamiento.
El llamado, sin embargo, no se sostiene solo con declaraciones. Exige conversión personal, escucha paciente y disposición a construir con otros, incluso cuando los ritmos, los acentos y las sensibilidades son distintos. La unidad no se impone desde arriba: se edifica día a día, con paciencia y con respeto.
Por eso la propuesta de Koovakad invita a mirar la propia ciudad con ojos de esperanza, reconociendo en ella los signos de una fraternidad posible y trabajando para que esos signos crezcan y den fruto. La construcción de la ciudad de Dios comienza allí donde alguien decide no responder al mal con el mal.
Agradecemos a los lectores que acompañan esta reflexión y les invitamos a sostener con la oración todo esfuerzo sincero por el entendimiento entre los pueblos y por el cuidado de los más vulnerables.

