Pasaje Bíblico – Lucas 12:40: «También ustedes estén preparados, porque el Hijo del Hombre llegará a la hora que menos piensen.»
Reflexión: Estas palabras del Señor invitan a no postergar la respuesta a Dios. Lo que hoy tenemos pendiente con Él —una reconciliación, una decisión, una conversión— no debería esperar a mañana. Cristo llama a sus discípulos a la vigilancia del corazón, porque la vida espiritual no admite excusas ni demoras.
La vida cristiana no puede vivirse en piloto automático. Jesús pide a los suyos tener el corazón despierto y disponible para acoger su venida. No se trata de una inquietud angustiosa, sino de una atención amorosa: quien espera al Señor vive cada día con sentido y esperanza.
Con frecuencia dejamos para después lo esencial: el perdón que hay que pedir, la oración que se ha descuidado, la caridad que se ha enfriado. Todo eso queda como un tema pendiente del alma. Sin embargo, los asuntos de Dios no se pueden tratar con indiferencia, porque están en juego nuestra paz y nuestra salvación.
Dios, en su misericordia, no se cansa de salir a nuestro encuentro. Su gracia está siempre presente y operante; lo que falta es nuestra respuesta libre y sincera. Cada momento de la vida es una oportunidad nueva para volver al Señor, pero ninguna de esas oportunidades está garantizada para siempre.
Este tiempo es el momento favorable. La Iglesia invita a no endurecer el corazón y a vivir con prontitud la conversión. El Evangelio no habla de un temor paralizante, sino de una preparación gozosa, que se expresa en la oración fiel, en el servicio a los hermanos y en la coherencia de vida.
La preparación cristiana nace del amor, no del miedo. Quien ama a Dios desea estar listo para servirle y para verle cara a cara. Por eso, la vigilancia evangélica se traduce en pequeños gestos cotidianos: escuchar la Palabra, participar de los sacramentos, estar atentos a las necesidades de los demás.
Que la Santísima Virgen María, modelo de disponibilidad y de fe, nos enseñe a decir nuestro «sí» a Dios con prontitud, sin demoras ni excusas. Que ella interceda para que no dejemos pendiente lo único que de verdad importa: la amistad con Dios.
Agradecemos al Señor por su paciencia infinita y por el don de cada nuevo día como ocasión de gracia. Que su Espíritu nos mantenga vigilantes y fieles hasta el encuentro final.


