Pasaje Bíblico – Lamentaciones 3:22 – 23 «El amor del Señor no se acaba, nunca se agota su compasión; cada mañana se renueva. ¡Qué grande es tu fidelidad!»
Reflexión: Estas palabras nacieron en medio del dolor, no en un momento de calma. Quien las escribió no negaba la ruina que tenía delante; simplemente se negaba a creer que Dios la hubiera abandonado. Ahí está la clave de toda esperanza cristiana: no es la negación del sufrimiento, sino la certeza de que la fidelidad de Dios es más constante que nuestras caídas y más madrugadora que nuestras angustias.
La esperanza cristiana no es optimismo ni buen humor. Es una virtud teologal, un don que Dios infunde y que sostiene al creyente cuando las razones humanas ya no alcanzan. Por eso el creyente puede mirar un panorama difícil sin caer en la desesperación y sin caer tampoco en la frivolidad: sabe que el final de la historia no está en sus manos, sino en las manos del Padre.
El texto de Lamentaciones insiste en un ritmo que conviene recuperar: cada mañana. La misericordia de Dios no es un depósito que se agota con el uso, sino una fuente que vuelve a brotar con el día. De ahí la sabiduría de comenzar la jornada con una oración breve, ofreciendo a Dios lo que todavía no ha sucedido, y de terminarla con un examen sencillo de lo vivido.
Esta confianza tiene consecuencias concretas en la vida diaria. Quien se sabe perdonado aprende a perdonar; quien reconoce haber sido sostenido en su fragilidad se vuelve paciente con la fragilidad ajena. La misericordia recibida siempre pide ser transmitida, y se transmite más por el trato que por los discursos.
Por eso la vida sacramental ocupa un lugar central. La Eucaristía, celebrada con frecuencia y con atención, educa la mirada del creyente para descubrir la fidelidad de Dios en lo ordinario. La confesión, por su parte, devuelve al alma esa experiencia de empezar de nuevo que el profeta describe como amanecer.
En tiempos en que la ansiedad empuja a exigir resultados inmediatos, la Palabra invita a otra lógica: la de la constancia humilde. Sembrar, insistir, volver a intentarlo, sin dramatizar los propios fracasos ni instalarse en ellos. La fidelidad de Dios no exime del esfuerzo; lo sostiene y le da sentido.
Que esta certeza acompañe también las horas menos luminosas. No estamos solos, y la misericordia no se ha agotado: vuelve a llamar a la puerta esta misma mañana. Agradecemos su compañía en esta reflexión y quedamos atentos a sus comentarios.


