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San Gregorio Magno: pastor, doctor de la Iglesia y siervo de los siervos de Dios

Pasaje Bíblico – Juan 13:14 – 15: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo hice con ustedes.»
Reflexión: El gesto del lavatorio de los pies revela el corazón del Evangelio: la autoridad se vive como servicio. San Gregorio Magno comprendió esta verdad y, al frente de la Iglesia, quiso ser recordado como «siervo de los siervos de Dios», uniendo la cercanía del pastor a la firmeza de quien cuida el rebaño. Que su testimonio nos impulse a traducir la fe en gestos concretos de caridad.

San Gregorio I Magno, papa y doctor de la Iglesia, siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla y después, un día como hoy, fue elegido Romano Pontífice. Arregló problemas temporales y, como siervo de los siervos, atendió los cuidados espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobremanera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. Murió el 12 de marzo de 604.

Etimológicamente, Gregorio significa «vigilante» o «aquel que está siempre preparado», y es un nombre de origen griego.

Sobre la fecha de su canonización no se conserva información: la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima y, en muchas ocasiones, la del mismo ser humano han impedido que se tenga esa concreta información. Lo que sí se sabe es que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.

Gregorio Magno, de la familia de los Anicios. Familia profundamente cristiana de la que han llegado a los altares sus padres y sus dos tías, Társila y Emiliana. En ese ambiente de religiosidad se desarrolló su espíritu mientras Roma llegaba a lo más bajo de la curva de su caída. Cuando el poder imperial fue restablecido en Roma, en manos ya de Constantinopla, Gregorio comenzó su formación cultural. No sobresalió en la literatura, pero sí en los estudios jurídicos, donde encontró una magnífica preparación para sus futuras actividades. Terminada su carrera de Derecho, aceptó del emperador Justino II el cargo de prefecto de Roma, con todas las funciones administrativas y judiciales.

Gregorio monje. Pero su corazón aspiraba a cosas más altas, y tras una desgarradora lucha interior, que manifestó en una carta a su amigo San Leandro de Sevilla, Roma vio un día cómo su prefecto cambiaba sus ricas vestiduras por los austeros hábitos de los campesinos que San Benito había adoptado para sus monjes. Su mismo palacio del monte Celio fue transformado en monasterio. Gregorio fue feliz en la paz del claustro, aunque pronto sería arrancado de ella por el mismo Sumo Pontífice, que le envió como Nuncio a Constantinopla. De aquí en adelante añoraría siempre aquellos cuatro años de vida monacal.

El monje Gregorio, Papa. En 586 llegó a Roma cuando las aguas del Tíber se desbordaron y sembraron la desolación. Personas ahogadas, palacios destruidos, hambre y la peste. Una de las víctimas de la peste fue el Papa Pelagio II, y Gregorio fue elegido Papa para suceder a Pelagio, quedando apartado de la soledad que buscaba en el monasterio. Ya no viviría más la paz de la vida monacal, pero la espiritualidad de aquellos hombres entregados a la oración le marcaría para siempre. En su fecundo Pontificado destacó su celo por la liturgia y la organización definitiva del canto litúrgico, que se conoce aún con el nombre de «canto gregoriano». Era el «Psalite sapienter» del salmo y de San Benito, cuyo estilo y estética litúrgicos heredó también Benedicto XVI, además del nombre del Fundador de los Monjes de Occidente y Patrono de Europa: San Benito. Gregorio fue el pastor auténtico, que quería lo mejor para sus ovejas que viven en la unidad del mismo Amor. No ahorró para ello trabajos ni sacrificios. Su voz se levantó potente y su pluma escribió sin descanso; el que no había sobresalido en sus estudios literarios nos ha legado un tesoro inagotable en sus escritos, de estilo sencillo y cordial. Y no se contentó con las ovejas que ya estaban en el verdadero redil; su corazón se lanzó a la conquista de Inglaterra, ganándola para el catolicismo. Para todos fue el padre amante, cuyas preocupaciones eran las de sus hijos. Su honor era el de la Iglesia universal y su grandeza, el ser y llamarse «Siervo de los siervos de Dios», título que desde entonces utilizarían todos los Papas.

Virtudes del pastor. «Importa que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores», escribió San Gregorio Magno en su «Regla Pastoral», y este fue el programa de su actuación. Genio práctico en la acción, fue ante todo el buen pastor cuya solicitud se extendía a toda su grey. No fue tan solo Roma la que mereció sus cuidados, sino todas las Iglesias: España, Galia, Inglaterra, Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez provincias dependientes de la metrópoli romana. Fue incansable restaurador de la disciplina católica. En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos abjuraron el arrianismo.

El culto y la caridad. Renovó el culto y la liturgia y reorganizó la caridad en la Iglesia. Sus obras teológicas y la autoridad de las mismas fueron indiscutidas hasta la llegada del protestantismo. Dio al pontificado un gran prestigio. Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar, cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores. La obra realizada por San Gregorio Magno fue inmensa; aun con su gran humildad, había procurado por todos los medios no aceptar el mando supremo de la Iglesia. Pero una vez elegido Papa por el clero, el senado y el pueblo fiel, y bien vista su elección por el emperador, se entregó a aquella tarea para la que toda su vida anterior había sido una providencial preparación.

Juan Pablo I se propuso imitarle. Al tomar posesión de la Catedral de San Juan de Letrán, pronunció estas palabras Juan Pablo I: «En Roma, estudiaré en la escuela de San Gregorio Magno, que dice: “Esté cercano el pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido, y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres” (Reg. past. parte II, 5 y 6)». Murió el 12 de marzo de 604. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!

Agradecemos tu compañía en esta reflexión del Santo del Día. Que la intercesión de San Gregorio Magno nos alcance un corazón vigilante y disponible, capaz de servir a Dios en cada hermano. ¡Dios te bendiga!

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