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Santo del Día: San Guido, el sacristán peregrino que santificó el trabajo y el camino

Pasaje Bíblico – Mateo 11:28: «Vengan a mí todos los que están agobiados por el trabajo y las preocupaciones, y yo los aliviaré.»
Reflexión: San Guido cargó sobre sus hombros el yugo de la tierra, la inquietud del comercio y el cansancio de los caminos, y precisamente en medio de ese esfuerzo aprendió que el descanso del alma no se conquista ni se compra: se recibe de Cristo. Su memoria recuerda que la fatiga ofrecida con paciencia no aleja de Dios, sino que puede volverse el lugar donde Él sale al encuentro y alivia.

Martirologio Romano: En Anderlecht, en Brabante, cerca de Bruselas (Bélgica), san Guido o Guy, primer sacristán en la iglesia de Nuestra Señora de Laken, en Bélgica, que fue dadivoso con los pobres y peregrinó a los santos lugares por siete años y, vuelto a su tierra, murió piadosamente († c. 1012).

Entre sus paisanos era conocido por su piedad sencilla y constante y requerido para trabajos concienzudos y esforzados. Vamos que la piedad le llevaba a no ser perezoso y que el trabajo de la tierra le ayudaba a mirar al Cielo. Un buen día le sugirieron una posibilidad de cambio de oficio. Podría pasar nada menos que a ser sacristán cerca de Bruselas, en la iglesia de Lacken. Ello supuso también un cambio de ciudad y de costumbres.

Parece que le tentó el comercio y en ese campo de la actividad humana quiso hacer pinitos saliendo mal el asunto y perdiendo sus ahorros. Se dedicó entonces a peregrinar por el mundo. Casi se puede decir que comenzó una bohemia en la que sólo él gobernaba su existencia sin que hubiera de dar cuentas a nadie. Pero lo hizo bien. Se sabe que estuvo dos veces en Tierra Santa y dos veces en Roma. De hecho, debió aprovechar muy bien su tiempo libre por lo que se relata a continuación.

Regresó del deambulaje y murió poco después en Anderlecht, su ciudad, donde se le enterró casi como a un desconocido. Pero, en su sepultura comenzaron a suceder hechos maravillosos que empezaron a atraer a la gente del pueblo primero y a los lejanos después… De hecho sus reliquias comenzaron a recibir culto y la devoción a San Guido se extendió rápidamente, cobrando auge continuo y popularidad.

Bien hicieron los agricultores de su tierra y de su tiempo en tomarlo por patrono, como en España harían poco después con San Isidro; también los sacristanes de entonces y de hoy se protegen con este santo intercesor que entendía de cirios, de cajoneras y campanas; no menos podrían acudir a este trotamundos los que se ocupan de desperezar el tiempo libre propio o de los demás.

Una vez más, con este santo agricultor, sacristán, comerciante fracasado y caminante del mundo, se nos enseña que la santidad no es patrimonio exclusivo de conventuales, sabios o mártires.

Demos gracias a Dios por la memoria de san Guido, tan cercana a la vida de la gente sencilla, y gracias también a usted por detenerse hoy a leer y a rezar con nosotros. Que este humilde intercesor, que supo de cirios, de campos y de caminos, acompañe sus trabajos y sus pasos.

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