Pasaje Bíblico – Apocalipsis 12:1: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.»
Reflexión: La corona de María no es signo de poder humano, sino el resplandor de una vida enteramente entregada a Dios. Como Reina, no domina sino que sirve; no se eleva, sino que conduce hacia Cristo, el verdadero Rey. Su fiesta nos recuerda que la grandeza cristiana se mide por el amor humilde y la disponibilidad plena ante la voluntad del Padre
Hoy, 22 de agosto, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Santa María Reina. Este título no nace de la imaginación de los devotos, sino de la misma raíz del Evangelio: si Jesús es Rey, su Madre es Reina. María está junto al trono del Cordero, donde intercede por todos los que invocan su auxilio.
La liturgia contempla a María Reina con los rasgos de la mujer fuerte y fiel que dijo «sí» al plan de Dios. Su corona no es de oro que se guarda, sino de gracia que se reparte. Toda su vida fue un reinar con Cristo: vivió en humildad, acompañó la cruz, perseveró en la oración y permaneció junto a los apóstoles.
Al celebrar esta memoria, la Iglesia pone ante nosotros el ejemplo de María para que aprendamos que la verdadera grandeza está en servir. La Madre del Señor no buscó honores, sino que se declaró esclava del Señor; por eso Dios la exaltó. Su realeza nos enseña que los primeros en el Reino de Dios son aquellos que se hacen servidores de todos.
El legado de Santa María Reina es un anuncio de esperanza: la humildad no es derrota, sino victoria; la obediencia a Dios no esclaviza, sino que corona. En ella vemos cumplida la promesa hecha a los pobres y sencillos, porque Dios derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes.
La fiesta de hoy fue instituida por el Papa Pío XII, en 1955 para venerar a María como Reina igual que se hace con su Hijo, Cristo Rey, al final del año litúrgico. A Ella le corresponde no sólo por naturaleza sino por mérito el título de Reina Madre.
María ha sido elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su divino Hijo. Está sentada junto a Él y es Reina y Señora del universo.
María fue elegida para ser Madre de Dios y ella, sin dudar un momento, aceptó con alegría. Por esta razón, alcanza tales alturas de gloria. Nadie se le puede comparar ni en virtud ni en méritos. A Ella le pertenece la corona del Cielo y de la Tierra.
María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de Él.
La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, a quien podemos invocar día y noche, no sólo con el dulce nombre de Madre, sino también con el de Reina, como la saludan en el cielo con alegría y amor los ángeles y todos los santos.
La realeza de María no es un dogma de fe, pero es una verdad del cristianismo. Esta fiesta se celebra, no para introducir novedad alguna, sino para que brille a los ojos del mundo una verdad capaz de traer remedio a sus males.
Pidamos a la Virgen que nos alcance de su Hijo la gracia de un corazón humilde y valiente. Que ella, Reina del cielo, nos tome de la mano y nos conduzca a Jesús, nuestro Rey y Señor. Gracias por acompañarnos en esta celebración; que Santa María Reina ruegue por nosotros.


