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Santo del Día: Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, la caridad hecha casa para los ancianos

Pasaje Bíblico – Mateo 25:40: “El Rey les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.’”
Reflexión: Cristo se identifica con los pequeños y abandonados. Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars comprendió que atender a los ancianos desamparados era atender al mismo Jesús, y por eso consagró su vida a ellos. Su testimonio nos enseña que ninguna caridad hecha por amor a Dios es pequeña.

Martirologio Romano: En Liria, en España, santa Teresa de Jesús Jornet Ibars, virgen, que, para ayudar a los ancianos, fundó el Instituto de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados (1897). Fue beatificada el 27 de abril de 1958 por el Papa Pío XII y canonizada el 27 de enero de 1974 por el Papa Paulo VI.

Los mayores, esos a los que se les ha dado en llamar el colectivo de la Tercera Edad, que ven el ocaso de sus vidas desde el crepúsculo teñido de rojas claridades malva, tienen hoy mucho que agradecer a Dios y bastantes de ellos también a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque les cuidan, atienden, dan casa y ofrecen el calor de la familia que quizá perdieron o acaso les abandonó porque un día se les ocurrió pensar que de los viejos ya no se podía esperar mucho más, o que eran molestos con sus manías y achaques. Decía que ellos agradecen al buen Dios el testimonio y vida de unas personas, en este caso siempre mujeres, que han hecho de su existencia una ofrenda de caridad efectiva.

Logran hacer de sus casas un lugar agradable, tranquilo, limpio y ventilado; allí se reza, se come alimento sano, se proporcionan las medicinas pertinentes y, sobre todo, se derrocha cariño de las dos clases: humano y sobrenatural. Son un grupo de mujeres tocadas que están alegres, animosas, activas y optimistas porque es mucho lo que tienen que levantar; se les ve por las calles llamando a las puertas de las casas, en pareja, pidiendo mucho de lo que sobra o algo de lo que se usa; llevan con ellas a todos el recuerdo de la caridad. ¡Claro que son piadosas! Muy rezadoras… de la Virgen y del Sagrario sacan la entereza, la fuerza, el afecto o cariño, comprensión y paciencia que de continuo han de derrochar a raudales cuando charlan, limpian, lavan, planchan, cocinan para los ancianos o cuando tienen que animar a tanta juventud acumulada.

Teresa de Jesús, la catalana de Lérida, tuvo en lo humano muchas coincidencias con su homónima de Castilla; delicada de salud en el cuerpo y alma grande, espontánea y andariega, con gracejo agradable. En lo divino tuvieron de común el olvido de sí y, por amor a Dios, saber darse.

Nació en Ayltona (Lérida) el 9 de enero de 1843. Sus padres, Francisco José Jornet y Antonia Ibars, eran sencillos labradores, educando a su familia en la religión. Su hermana Josefa, Hija de la Caridad en el hospital de La Habana; su hermana María se incorporó con María a la nueva aventura religiosa; su hermano Juan, casado, dio tres hijas a la congregación de su hermana Teresa; su tía Rosa, hermana de su madre, muerta en olor a santidad; su tío el Beato Francisco Palau, fraile carmelita exclaustrado, apóstol, orador, escritor, penitente, un huracán enardecido, acabó también en los altares.

Teresa creció en un clima doméstico de trabajo honrado. Estudió en Lérida para maestra y enseñó en Argensola (Barcelona); allí la veían desplazarse cada semana a Igualada para confesarse. El P. Francisco Palau, tío abuelo suyo, estaba en trance de fundación de algo y la invitó para que le ayudara en el intento; pero Teresa había pensado más en la vida religiosa donde podría vivir en silencio y oración; por eso se hizo clarisa entre las del convento de Briviesca, en Burgos, mientras que su hermana Josefa ingresó en Lérida en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Pero la situación política de la segunda mitad del siglo XIX era complicada y compleja, y no permitía el gobierno la emisión de votos. Se hizo entonces Terciaria Franciscana y recuperó algo de la actividad docente.

Cerca de su patria chica, en Huesca y Barbastro, un grupo de sacerdotes con D. Saturnino López Novoa a la cabeza pensaba en una institución femenina que se dedicara a la atención de ancianos abandonados. Comprendió Teresa que este era su campo y, arrastrando consigo a su hermana María y a otra paisana, comenzó en “Pueyo” con una docena de mujeres y desde entonces fue la cabeza, permaneciendo veinticinco años en el gobierno. Desde Barbastro cambió a Valencia donde está la casa madre de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque es la patrona de la ciudad quien da apellido a la Institución. Luego se extendieron por Zaragoza, Cabra y Burgos; llenaron de casas-asilo, que así le gustaba a la madre que se llamaran para resaltar el clima de familia, la geografía española y pasaron las fronteras.

Cuando murió Teresa de Jesús en Liria, el año 1897, llegaban a 103 y dejó tras de sí a más de 1000 Hermanitas para continuar su labor hasta siempre, porque siempre ancianos habrá y algunos de ellos quedarán desamparados. No quiso ella canonizaciones. Lo dejó dicho y escrito por si hubiera dentro de la Congregación con el paso del tiempo Hermanitas canonizables. Mandó que no se gastara dinero en proponer a nadie la subida a los altares. Ese fue el motivo de que pasaran los años sin el intento de iniciar su proceso de beatificación; y el rapidísimo salto a la canonización se debió a la sensibilidad del pueblo y a las manifestaciones sobrenaturales que tan frecuentemente Dios quiso mandar.

El anciano abuelo tembloroso ensuciaba cada comida el mantel porque derramaba la sopa. Primero sus hijos le hicieron una cuchara de madera, pero incluso con la madera seguía ensuciando el mantel. No podía comer con la familia. Y lo llevaron a la cocina. El abuelo tenía que comer solo, sin la compañía de sus hijos y de sus nietecitos. El más espabilado se entretenía jugando con un trozo de madera muy afanado. —¿Qué haces?, le preguntó su mamá. Y el niño: “estoy haciendo una cuchara de madera para cuando papá y tú seáis mayores”.

En la provincia y Diócesis de Lérida y en Aytona, España, de Francisco Jornet y de Antonieta Ibars, agricultores, nació el 9 de enero de 1843, Teresa Jornet, hoy ya canonizada y Patrona de la ancianidad. Su caridad activa hacia los pobres le movía a llevarlos a casa de su tía en Lérida, a donde se había trasladado para poder asistir a la escuela de la ciudad. Estudió magisterio en Argensola, provincia de Barcelona. Solicitó ser admitida en las clarisas de Briviesca, cerca de Burgos, pero no pudo profesar por la prohibición de la legislación en vigor. Se dedicó a la enseñanza y se hizo terciaria carmelita. Una enfermedad que padeció después de la muerte de su padre la obligó a permanecer en su casa por algún tiempo.

Don Saturnino López Novoa, canónigo de Huesca, su director, a quien confió la dirección de su alma, la encauzó hacia la fundación de una obra destinada a recoger a los ancianos sin familia y sin medios de subsistencia. Teresa, que hasta el momento había tenido la impresión desagradable de no haber hecho nada en su vida, se orientó decididamente hacia este ideal. En 1872 fundó la primera casa en Barbastro, con la ayuda de algunas jóvenes y de su hermana, María.

Teresa se adelantó a su tiempo, porque entonces, hace más de un siglo, aún dejaban en la cocina a los abuelos, aunque con cuchara de madera, pero ahora ni los quieren, ni les cuidan, y se arman líos entre las familias para zafarse del engorro de los viejos, según el refrán: “Parientes y trastos viejos, pocos y lejos”. En el Continente africano carecen de frigoríficos y de muchos de nuestros cachivaches de la modernidad; pasan hambre y toda clase de necesidades, pero conservan su humanísima tradición de respetar al anciano y considerarle como una bendición. Les minusvaloramos en esta cultura de la juventud, la belleza y el cultivo de los cuerpos, pero en humanismo el tercer mundo va por delante con nota al mundo que se cree supercivilizado.

El 27 de enero de 1873, los miembros de la nueva congregación recibieron el hábito religioso y Teresa fue elegida superiora. Un grupo de buenos católicos de Valencia propuso asegurar la vida de la pequeña comunidad. La madre Teresa aceptó y, como estaba en Valencia, constituyó Patrona a la Virgen de los Desamparados, título muy apropiado para los ancianos desamparados. Muy pronto el número de ancianos fue aumentando y creciendo sin cesar. Para poder recibir más, compró el antiguo convento de los Agustinos. Esta casa se convirtió en la casa madre de la Congregación de las Hermanas de los Ancianos Desamparados.

Se desarrolló tan de prisa la Obra, que en 1887, cuando fue aprobada por la Santa Sede, contaba ya con 58 casas. María Teresa de Jesús formó muy sólidamente a sus hijas en el cumplimiento de sus obligaciones con los ancianos, hasta exponerse a la soledad, al frío y al hambre, para poder darles abrigo y un verdadero cariño.

Aprendió de las terciarias carmelitas la devoción a la Virgen, y de las clarisas el amor a los pobres, y en los ejercicios de San Ignacio, el ardiente deseo de identificar sus sentimientos con la voluntad divina. Desarrolló una actividad incansable y una inalterable confianza en Dios. A los que le reprochaban que se ocupara de los más humildes oficios, respondía: “No hay nada pequeño cuando se trata de la Gloria de Dios”. Cuando le decían que emprendía obras con un atrevimiento casi temerario, se sonreía diciendo: “Mientras más pobres haya, habrá más bienhechores”. Tenía el secreto de su paz interior inalterable en medio del tráfago continuo, en sus palabras: “Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, y el mundo bajo los pies”.

Su organismo no pudo resistir al régimen que se impuso. A las fatigas físicas se juntaban los dolores mortales, como el de la epidemia del cólera, que acabó con veinticuatro hermanas y setenta ancianos. Cuando la enfermedad la obligó a detenerse, se retiró a Liria, Valencia, con la esperanza de que el buen aire le devolviera la salud. Murió ahí, el 26 de agosto de 1897; el 27 de abril de 1958 el Papa Pío XII la beatificó y fue canonizada por Pablo VI.

Que el ejemplo de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars nos anime a mirar con amor y respeto a los ancianos. Gracias por acompañarnos en esta reflexión; que Dios los bendiga y guarde en su paz.

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