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Santo del Día: San Abraham Kidunaia de Edesa, el anacoreta que dejó sus bodas para buscar a Dios

Pasaje Bíblico – 1 Juan 1:9 "Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad."
Reflexión: La misericordia de Dios no se cansa de esperar y de sanar. San Abraham de Edesa buscó a Dios en el silencio de una gruta, pero no permaneció indiferente ante la caída de su sobrina: salió a su encuentro y le recordó que ninguna llaga es incurable para la sangre de Cristo. Su testimonio nos invita a confiar en el perdón divino y a ejercer con los demás la misma paciencia que Dios tiene con nosotros.

El Martirologio Romano recuerda en Edesa, en la antigua Siria, a San Abraham, anacoreta, cuya vida fue descrita por el diácono San Efrén († c. 366).

Etimológicamente, Abraham significa «aquel que es padre de muchos pueblos».

El admirable varón san Abraham, cuya vida nos dejó escrita san Efrén, nació en las cercanías de Edesa, en la Mesopotámica, de padres muy ricos, que lo amaban tiernísimamente. Fue tanta la insistencia que le hicieron para que se casara y tantas las lágrimas que derramó su madre, que solo por no contristarlos dijo que se casaría.

Se prepararon las fiestas y bodas, y habiendo durado seis días el regocijo, el séptimo, al tiempo que toda la casa estaba ocupada en convites, músicas, bailes y danzas, Abraham salió secretamente de ella y fue a encerrarse en una gruta que distaba más o menos una legua del lugar. Lo hallaron allí al cabo de diecisiete días, y el santo habló a sus padres con tanto espíritu de Dios que hasta recabó de su esposa que consintiera en una perpetua separación. Todo cuanto poseía en la tierra era una túnica de pelo de cabra, un manto, una escudilla para comer y beber, y una estera de juncos para acostarse.

En esta vida había pasado ya algunos años cuando el obispo de Edesa le mandó que se ordenara de sacerdote y evangelizara una población de gentiles muy obstinados que había en la diócesis. Tres años gastó el santo en la obra de convertirlos: le apedrearon, le dejaron por muerto, le arrastraron tres veces por las calles; pero finalmente se rindieron y se echaron a sus pies para que les bautizara.

Se volvió después Abraham a su antiguo encerramiento, y en esta sazón una sobrina suya llamada María quedó huérfana a los siete años de edad, y la llevaron al santo; el cual la puso en una celda inmediata a la suya y allí, por una ventanilla, la instruía en las cosas de Dios.

Pero como a los pocos años de su recogimiento viniese la doncella a perderse por la tentación de un mozo que, en hábito de monje, fue a visitar al santo, en lugar de arrepentirse de su pecado se fue a una ciudad que estaba de allí a dos jornadas, y con hábito de seglar, galano y lascivo, se entró en un mesón para perderse del todo.

Tuvo Abraham revelación de la caída de su sobrina, y deseoso de sacar aquella alma de las garras del dragón infernal y restituirla a Jesucristo, buscó un caballo y, vestido de soldado, se fue a la ciudad y al mesón donde María vivía, a la cual habló con tan tiernas palabras, que compungida y llena de confusión se deshizo en lágrimas, sin osar mirar la cara de su tío. «No te desesperes, hija», le dijo el santo, «porque no hay llaga tan incurable que con la sangre de Cristo no se pueda curar».

Volvió luego María a su antigua morada, donde se dio de tal suerte a la penitencia, que fue un perfecto retrato de la santidad de su tío, y finalmente compañera de su gloria en su dichoso tránsito.

La liturgia eleva esta súplica: «Oh Dios, que cada año nos alegras con la fiesta de tu confesor, el bienaventurado Abraham, danos tu gracia para que, celebrando la nueva vida de que goza en la gloria, imitemos sus virtuosas acciones en la tierra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén».

Gracias por acompañarnos en esta memoria de San Abraham Kidunaia de Edesa. Que su ejemplo de desprendimiento y de misericordia nos impulse a buscar a Dios con corazón entero y a no abandonar nunca a quienes necesitan ser reconciliados con Cristo.

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