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Santo del Día: Ambrosio Eduardo Barlow, el monje benedictino que selló con sangre 24 años de misión en Inglaterra

Pasaje Bíblico – Mateo 5:10 – 12: «Felices los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes cuando los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias por causa mía. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande su recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que vinieron antes que ustedes.»
Reflexión: La persecución sufrida por causa de la justicia no es una derrota, sino una bienaventuranza. San Ambrosio Eduardo Barlow lo entendió así: recorrió veinticuatro años de misión entre sus paisanos, con mansedumbre y buen humor, y cuando llegó la hora del arresto no respondió con amargura, sino con la serenidad del que sabe que su recompensa es grande en los cielos. Su vida recuerda que la fidelidad no se mide por la ausencia de pruebas, sino por la constancia con que se abraza la cruz cuando el mundo la impone.

El Martirologio Romano lo recuerda en Londres, en Inglaterra: san Ambrosio Eduardo Barlow, sacerdote de la Orden de San Benito y mártir, que durante veinticuatro años consolidó en la fe y en la piedad a los católicos de la región de Lancaster y, arrestado mientras predicaba en el día de la Pascua del Señor, después de la prisión fue condenado a muerte bajo el rey Carlos I por ser sacerdote, y fue ahorcado en Tyburn († 1641).

Fue beatificado el 15 de diciembre de 1929 por S.S. Pío XI y canonizado el 25 de octubre de 1970 por S.S. Pablo VI.

Nació en Manchester, en el seno de un gentilhombre. Bautizado católico, recibió una educación protestante, pero volvió a su fe primigenia y estudió en Douai; en 1610 pasó a Valladolid para ser sacerdote y doctorarse en Teología y Filosofía.

En 1615 fue admitido como monje benedictino en el convento de San Gregorio en Douai (ahora Downside), pero pidió ser afiliado en la abadía española de Celanova, y la comunidad acogió su petición; al recibir el hábito tomó el nombre de Ambrosio.

Fue enviado a la misión inglesa, a su pueblo, Lancashire, donde trabajó durante 24 años; el principal centro de actividad del padre Ambrosio se hallaba en la parroquia de Leigh.

Uno de sus penitentes escribió de él: «Era tan entretenido, ingenioso y alegre en sus conversaciones que, entre todos los hombres que he conocido, él representaba, en mi opinión, el auténtico espíritu de Sir Thomas More… Tampoco lo vi nunca irritarse en las ocasiones en que los otros le hicieron daño, le insultaron o le amenazaron, lo que sucedía con frecuencia; antes bien, como si fuera insensible al daño o estuviese libre de cólera, divertía a sus enemigos con una broma ingeniosa o los saludaba al pasar, con una inclinación de cabeza y una sonrisa».

De acuerdo con el obispo Challoner, en 1628 el padre Ambrosio administró los últimos sacramentos en la prisión a san Edmundo Arrowsmith, quien, después de su martirio, se apareció en sueños al padre Ambrosio (que ignoraba que hubiese muerto) y le dijo: «Yo he sufrido y ahora tú sufrirás. No hables mucho porque ellos se aprovecharán de tus palabras». Y así, durante trece años, el buen monje trabajó sin cesar en espera de su muerte a cada instante.

Cuatro veces estuvo en la prisión y otras tantas quedó en libertad, hasta que, en marzo de 1641, la Cámara de los Comunes obligó al rey Carlos I a ordenar que todos los sacerdotes abandonasen el territorio del reino, a riesgo de incurrir en las penas para los traidores.

Seis semanas más tarde, el vicario de Leigh, un tal señor Gatley, celebró las Pascuas con una procesión en la que él condujo a sus fieles armados con palos, picas y cuchillos hasta Morleys Hall, donde se apoderaron de Ambrosio Barlow mientras predicaba al fin de la misa. Lo llevaron ante un juez de paz, quien lo remitió preso al castillo de Lancaster.

Al cabo de cuatro meses de prisión compareció en el tribunal ante el magistrado sir Robert Heath y, desde el primer momento, admitió que era sacerdote. Al preguntársele por qué no había obedecido la orden de abandonar el reino, replicó que el decreto especificaba que los desterrados debían ser «los jesuitas y los sacerdotes de seminario» y él no era más que un monje benedictino; además, había estado muy enfermo y no podía viajar. El 8 de septiembre fue condenado a muerte.

Fue llevado en una carreta de Lancaster al sitio de la ejecución. Tuvo que andar en torno al cadalso por tres veces, mientras recitaba el salmo «Miserere»; después fue ahorcado, desmembrado y desentrañado.

Gracias, Señor, por la memoria de san Ambrosio Eduardo Barlow, monje y mártir, que nos enseña a sostener la fe con mansedumbre y alegría incluso en los días más duros. Que su ejemplo acompañe nuestra oración de hoy y nos ayude a permanecer firmes, con la mirada puesta en la recompensa prometida a quienes son perseguidos por causa de la justicia.

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