Pasaje Bíblico – Mateo 10:32 – 33: «A todo el que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Pero si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.»
Reflexión: El Señor no prometió a sus discípulos una vida sin conflictos, sino una palabra firme en medio de ellos. San Cipriano, obispo de Cartago, escuchó esa promesa y la sostuvo en el tribunal que lo condenaba: no reconoció a ningún otro Dios sino al único y verdadero. San Cornelio, papa, la sostuvo desde el destierro, sin abandonar el cuidado de su grey. Ambos entendieron que confesar a Cristo ante los hombres no es un gesto heroico aislado, sino la consecuencia natural de una fe vivida con coherencia hasta el final.
Martirologio Romano: Memoria de los santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires, acerca de los cuales el catorce de septiembre se relata la sepultura del primero y la pasión del segundo. Juntos son celebrados en esta memoria por el orbe cristiano, porque ambos testimoniaron, en días de persecución, su amor por la verdad indefectible ante Dios y el mundo (252, 258).
Víctimas ilustres de la persecución de Valeriano, respectivamente en junio del 253 y el 14 de septiembre del 258, son el Papa Cornelio y Cipriano el obispo de Cartago, cuyas memorias aparecen unidas en los antiguos libros litúrgicos de Roma desde mediados del siglo IV. Su historia, en efecto, se entrelaza, aunque sobresale más la imagen del gran obispo africano.
San Cipriano nació en el año 200 en Cartago (África), y se convirtió al cristianismo cuando era mayor de 40 años. Su mayor inspiración fue un sacerdote llamado Cecilio. Una vez bautizado descubrió la fuerza del Espíritu Santo capacitándolo para ser un hombre nuevo. Se consagró al celibato. Tuvo un gran amor al estudio de las Sagradas Escrituras, por lo que renunció a libros mundanos que antes le eran de gran agrado. Es famoso su comentario del Padrenuestro.
Fue ordenado obispo por aclamación popular, el año 248, al morir el obispo de Cartago. Quiso resistir, pero reconoció que Dios le llamaba: «Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes».
Fue gran maestro y predicador. En el año 251, el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, sobre todo contra los obispos y los libros sagrados. Muchos cristianos, para evitar la muerte, ofrecen incienso a los dioses, lo cual representa caer en apostasía. Cipriano se esconde, pero no deja de gobernar, enviando frecuentes cartas a los creyentes, exhortándoles a no apostatar. Cuando cesó la persecución y volvió a la ciudad, se opuso a que permitieran regresar a la Iglesia a los que habían apostatado sin exigirles penitencia. Todo apóstata debía hacer un tiempo de penitencia antes de volver a los sacramentos. Esta práctica era para el bien del penitente, que de esta forma profundizaba su arrepentimiento y fortalecía su propósito de mantenerse fiel en futuras pruebas. Esto ayudó mucho a fortalecer la fe y a prepararse, ya que pronto comenzaron de nuevo las persecuciones.
El año 252, Cartago sufre la peste de tifo y mueren centenares de cristianos. El obispo Cipriano organiza la ayuda a los sobrevivientes. Vende sus posesiones y predica con gran unción la importancia de la limosna.
El año 257, el emperador Valeriano decreta otra persecución aún más intensa. Todo creyente que asistiera a la Santa Misa corre peligro de destierro. Los obispos y sacerdotes tienen pena de muerte por celebrar una ceremonia religiosa. El año 257 decretan el destierro de Cipriano, pero él sigue celebrando la misa, por lo que en el año 258 lo condenan a muerte.
Actas del juicio. Juez: «El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. qué responde?» Cipriano: «Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A Él rezamos cada día los cristianos».
El 14 de septiembre, una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: «¿Es usted el responsable de toda esta gente?» Cipriano: «Sí, lo soy». El juez: «El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses». Cipriano: «No lo haré nunca». El juez: «Píenselo bien». Cipriano: «Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar». El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego, de mala gana, dictó esta sentencia: «Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada».
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: «¡Gracias sean dadas a Dios!» Toda la inmensa multitud gritaba: «Que nos maten también a nosotros, junto con él», y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar, Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche, los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia, y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.
San Cornelio había sido elegido Papa en el 251, después de un largo periodo de sede vacante, a causa de la terrible persecución de Decio. Su elección no fue aceptada por Novaciano, que acusaba al Papa de ser un libelático. Cipriano, y con él los obispos africanos, se puso de parte de Cornelio. El emperador Galo confinó al Papa en Civitavecchia, en donde murió. Fue enterrado en las catacumbas de Calixto.
Cipriano, a su vez, fue relegado en Capo Bon, pero cuando supo que había sido condenado a la pena capital, regresó a Cartago, porque quería dar su testimonio de amor a Cristo frente a toda su grey. Fue decapitado el 14 de septiembre del 258. Los cristianos de Cartago pusieron pañuelos blancos sobre su cabeza para conservarlos, así manchados de sangre, como reliquias preciosas.
El emperador Valeriano, al hacer decapitar al obispo Cipriano y al Papa Esteban, inconscientemente puso fin a una disputa entre los dos sobre la validez del bautismo administrado por herejes, no aceptada por Cipriano y afirmada por el pontífice.
Que la memoria de San Cornelio y San Cipriano nos alcance la gracia de una fidelidad serena y perseverante. Gracias por acompañarnos en esta lectura; que estos dos pastores mártires sostengan nuestra esperanza y nos enseñen a confesar a Cristo con la vida entera.


