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Santo del Día: San Jerónimo, el doctor que entregó la Biblia en latín al mundo

Pasaje Bíblico – 2 Timoteo 3:16
«Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la justicia.»
Reflexión: San Jerónimo hizo de estas palabras el centro de su existencia: tradujo, explicó y amó las Sagradas Escrituras hasta el último de sus días. Su vida recordaba que la Palabra de Dios no es un texto muerto, sino una fuente viva capaz de instruir, corregir y formar el corazón del creyente. En un tiempo de grandes controversias, él enseñaba que solo quien se deja educar por la Escritura puede después enseñar a otros con fruto.

Memoria de san Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia, que, nacido en Dalmacia, estudió en Roma, cultivando con esmero todos los saberes, y allí recibió el bautismo cristiano. Después, captado por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética yendo a Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa Dámaso, hasta que, fijando su residencia en Belén de Judea, vivió una vida monástica dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe de muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegando a una edad provecta, descansó en la paz del Señor (420). Etimología: Jerónimo = Aquel que lleva nombre santo, viene del griego.

El siglo IV después de Cristo, que tuvo su momento importante en el 380 con el edicto del emperador Teodosio que ordenaba que la fe cristiana tenía que ser adoptada por todos los pueblos del imperio, está repleto de grandes figuras de santos: Atanasio, Hilario, Ambrosio, Agustín, Crisóstomo, Basilio y Jerónimo. Este último nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Su espíritu era enciclopédico: su obra literaria nos revela al filósofo, al retórico, al gramático, al dialéctico, capaz de pensar y escribir en latín, en griego, en hebreo; escritor rico, puro y robusto al mismo tiempo. A él se debe la traducción al latín del Antiguo y del Nuevo Testamento, que llegó a ser, con el título de Vulgata, la Biblia oficial del cristianismo.

Jerónimo era de una personalidad fortísima: en cualquier parte a donde iba suscitaba entusiasmos o polémicas. En Roma fustigaba los vicios y las hipocresías y también preconizaba nuevas formas de vida religiosa, atrayendo a ellas a algunas mujeres influyentes patricias de Roma, que después lo siguieron en la vida eremítica de Belén. La huida de la sociedad de este desterrado voluntario se debió a su deseo de paz interior, no siempre duradero, porque de vez en cuando reaparecía con algún nuevo libro. Los rugidos de este «león del desierto» se hacían oír en Oriente y en Occidente.

Sus violencias verbales iban para todos. Tuvo palabras duras para Ambrosio, para Basilio y hasta para su amigo Agustín, que tuvo que pasar varios tragos amargos. Lo prueba la correspondencia entre los dos grandes doctores de la Iglesia, que se conservan casi en su totalidad. Pero sabía suavizar sus intemperancias de carácter cuando el polemista pasaba a ser director de almas. Cuando terminaba un libro, iba a visitar a las monjas que llevaban vida ascética en un monasterio no lejos del suyo. Él las escuchaba, contestando sus preguntas. Estas mujeres inteligentes y vivas fueron un filtro para sus explosiones menos oportunas y él les pagaba con el apoyo y el alimento de una cultura espiritual y bíblica.

Este hombre extraordinario era consciente de sus limitaciones y de sus propias faltas. Las remediaba dándose golpes de pecho con una piedra. Pero también se daba cuenta de sus méritos, tan es así que la larga lista de los hombres ilustres, de los que hizo un breve pero precioso resumen (el De viris illustribus), termina con un capítulo dedicado a él mismo. Murió a los 72 años, en el 420, en Belén.

Gracias, Señor, por la vida de san Jerónimo, que puso su enorme talento al servicio de tu Palabra y nos dejó la Escritura traducida para que muchos pudieran leerla y amarla. Que su ejemplo nos anime a no cansarnos nunca de buscar en la Biblia la luz para el camino.

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