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Reflexión del Día: Ser luz en lo cotidiano: la llamada del Evangelio a un testimonio que alumbre

Pasaje Bíblico – Mateo 5:14 – 16: «Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de una montaña, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de una vasija, sino que se la pone sobre el candelero para que alumbre a todos los de la casa. Brille así la luz de ustedes delante de los hombres, para que viendo el bien que hacen, alaben a su Padre que está en los cielos.»
Reflexión: Jesús no pide a sus discípulos que se esfuercen por fabricar la luz: les recuerda que ya la han recibido. La luz del creyente no nace de sus propias fuerzas, sino de la cercanía con el Señor, y por eso está hecha para alumbrar, no para esconderse. Una fe vivida en lo escondido y en lo pequeño termina iluminando mucho más de lo que imaginamos.

La vida cristiana no se reduce a los espacios sagrados ni a los momentos extraordinarios. Es en la rutina de la casa, del trabajo y de las relaciones cotidianas donde el Evangelio se vuelve creíble o se apaga. La imagen de la lámpara sobre el candelero recuerda que la fe que no se comunica termina por extinguirse, mientras que la fe compartida con sencillez ilumina a quienes están cerca.

El texto evangélico no habla de discursos elocuentes ni de grandes campañas, sino de algo más humilde y más exigente: el bien que se hace. Es la coherencia la que habla, la paciencia la que convence, la caridad la que abre puertas cerradas durante años. El testimonio cristiano no busca el aplauso, porque su meta es que otros descubran al Padre que está en los cielos.

Esa luz se traduce en gestos concretos: quien visita a un enfermo, quien escucha sin apuro a un anciano, quien sostiene a una familia que atraviesa dificultades, quien perdona una ofensa dentro de su propio hogar. Son obras silenciosas, muchas veces sin testigos, pero precisamente en ellas se vuelve visible una esperanza que el mundo no puede fabricar por sí mismo.

Para que esa lámpara no se quede sin aceite, la oración es indispensable. La Palabra meditada, la Eucaristía celebrada y el silencio que deja hablar a Dios sostienen una vida que de otro modo se agota en el activismo. Sin unión con Cristo, el esfuerzo se vuelve cansancio; con Él, hasta lo pequeño se convierte en anuncio.

La luz tampoco es un asunto puramente individual. Brilla en la familia que reza junta, en la parroquia que acoge, en la comunidad que se organiza para servir a los más pobres. Cuando los cristianos caminan unidos, su testimonio deja de ser una chispa aislada y se convierte en ese candelero que alumbra a todos los de la casa.

En tiempos de incertidumbre y de tantas voces contradictorias, el mundo sigue necesitando testigos más que explicaciones. La invitación del Evangelio permanece vigente: dejar que la luz recibida alumbre, con humildad y constancia, los lugares donde cada uno ha sido puesto.

Gracias por acompañarnos en esta reflexión; que el Señor sostenga el deseo de ser luz allí donde la vida nos ha colocado.

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