Pasaje Bíblico – Juan 8:11: «Tampoco yo te condeno. Vete, y desde ahora no peques más.»
Reflexión: La historia de Teodora de Alejandría evoca estas palabras de Jesús: el pecado no tuvo la última palabra en su vida, porque la misericordia divina la condujo a un camino de penitencia y de amor. Su testimonio recuerda que la santidad no comienza en la propia justicia, sino en la humilde aceptación del perdón de Dios.
Santa tradicional —no incluida en el actual Martirologio Romano—, Teodora de Alejandría fue una santa poco común. Me explico: generalmente los santos y las santas son presentados como personajes extremadamente dotados de cualidades poco asequibles al común de los mortales; ella no fue precisamente una de esas. Pese a lo débil que es la documentación histórica de que se dispone, el comienzo de su santidad partió de un acontecimiento nada santificable como es el adulterio.
Fue una mujer casada que vivía en Egipto y de costumbres irreprochables. Un joven, enamorado de sus bondades, se sintió rechazado en sus pretensiones impuras hasta que recurrió a una hechicera que, con pócimas y palabras, llevó a Teodora a consentir en la infidelidad. La tristeza consecuente al pecado la llevó a la determinación de hacer penitencia de por vida. Tomó ropas de hombre y pidió, suplicando, la admisión en un monasterio. Bajo el nombre de Teodoro admiró a todos con la aspereza de sus mortificaciones.
Pero no acaba aquí su historia. Una ventera del lugar acusó calumniosamente al falso monje de ser el padre del hijo que había tenido con un viajero. Y aquí apareció el rasgo de generosidad: Teodora no quiso negarlo. Fue expulsada del monasterio y cuidó en las soledades al niño, alimentándolo con leche de cabra, mientras las inclemencias del tiempo a la intemperie curtían su piel y mudaban su semblante.
Pasados unos años, suplicó de nuevo la entrada en el monasterio, donde se le admitió con la condición de no abandonar su celda. Solo a la muerte de la penitente se descubrió su condición. Se cuenta, en esta especie de novela ejemplar, que el niño que ella cuidó llegó con el tiempo a ser abad del monasterio.
Demos gracias a Dios por el ejemplo de Santa Teodora de Alejandría, que nos enseña que la penitencia sincera puede convertir una vida entera en un testimonio de humildad y de amor.


