Pasaje Bíblico – Juan 13:34: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros.»
Reflexión: El mandato de Jesús no se apoya en afinidades pasajeras ni en intereses compartidos, sino en el amor que Él mismo tuvo primero. Reconocer lo que nos une es, para el creyente, un ejercicio de memoria agradecida: antes de enumerar nuestras coincidencias, hemos sido amados y llamados a amar de ese mismo modo.
Yamandú Orsi ha formulado una invitación que merece escucharse con atención: «reconocer los valores que nos unen». Se trata de una frase breve, pero de hondo alcance, porque propone comenzar el diálogo público por aquello que ya es común, antes que por las diferencias que separan.
La expresión no enumera catálogos ni programas. Habla de valores, es decir, de convicciones que sostienen la vida en común y que no dependen de mayorías circunstanciales. En una sociedad plural, reconocerlos supone un ejercicio de honestidad: admitir que existen bienes compartidos que ninguna parcialidad puede arrogarse en exclusiva.
Desde la fe, esa tarea encuentra un fundamento claro. La enseñanza social de la Iglesia ha insistido en que el bien común no es la simple suma de intereses particulares, sino una realidad que exige la colaboración de todos y que se ordena al desarrollo integral de la persona. Cuando se nombran los valores compartidos, se abre un camino practicable para la convivencia.
Reconocer lo que une no significa disolver las diferencias ni callar las convicciones propias. Significa, más bien, situarlas en un horizonte más amplio, donde la verdad se busca juntos y la caridad corrige el tono del debate. El cristiano está llamado a participar de ese esfuerzo con sobriedad, sin sectarismos y sin renunciar a lo que cree.
La invitación tiene también una traducción concreta y doméstica: en la familia que reconcilia, en el barrio que se organiza para ayudar, en la parroquia que recibe y escucha, en el gesto sencillo de quien tiende la mano a quien piensa distinto. Allí los valores dejan de ser palabras y se vuelven tejido social.
Que el llamado a reconocer lo que nos une encuentre en los creyentes una respuesta coherente, hecha de oración y de obras, para que la unidad no sea solo un deseo expresado, sino una realidad construida día a día.
Gracias por acompañar esta lectura y por sostener con la oración el servicio al bien común.


