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Reflexión del Día: Creer en medio de la incertidumbre: la invitación de Jesús a no vivir turbados

Pasaje Bíblico – Juan 14:1: «No se turben; crean en Dios y crean también en mí.»
Reflexión: Jesús no promete una vida sin preguntas, pero sí ofrece un lugar firme donde apoyar el corazón cuando las respuestas no llegan. Creer no es dejar de sentir inquietud, sino decidir a quién entregamos esa inquietud. En cada jornada, la fe se vuelve un acto sencillo y repetido: volver a confiar, volver a rezar, volver a caminar sabiendo que no vamos solos.

Hay momentos en los que el creyente experimenta que las certezas humanas se desmoronan: noticias confusas, planes que se interrumpen, silencios que pesan. En ese paisaje, la Palabra de Dios no funciona como un remedio mágico que borra la dificultad, sino como una compañía que sostiene mientras la dificultad dura. La fe cristiana no es evasión del mundo real; es una manera de habitarlo con una esperanza que no depende de que todo salga bien.

La frase de Jesús a sus discípulos fue pronunciada en una hora delicada, cuando ellos intuían una separación y no comprendían del todo lo que venía. Él no les explicó cada detalle del futuro: les pidió confianza. Ahí hay una lección pastoral de gran valor: a veces Dios no nos entrega el mapa completo, sino la mano que nos guía en el tramo que estamos recorriendo.

Creer en Dios y creer también en Jesús es un solo movimiento del corazón. No se trata de dos confianzas separadas, sino de una misma entrega a Aquel que se revela como Padre y como camino. Por eso la vida de oración no es un trámite añadido a la existencia cristiana, sino el espacio donde esa confianza se ejercita, se corrige y se profundiza día tras día.

En la práctica, esta confianza tiene rostro concreto: la fidelidad a la oración diaria, la participación en la Eucaristía, la lectura serena del Evangelio, la paciencia con los propios límites y la caridad con quienes atraviesan pruebas más duras. Ninguna de estas cosas hace ruido, y precisamente por eso transforman. La esperanza cristiana crece en gestos pequeños y constantes más que en grandes emociones pasajeras.

También es importante recordar que la comunidad sostiene la fe de cada uno. Nadie está llamado a creer en soledad. Cuando el ánimo se debilita, la Iglesia ofrece el consuelo de la Palabra, el perdón que rehabilita y la cercanía de hermanos que rezan unos por otros. La fe compartida resiste mejor la prueba que la fe encerrada en sí misma.

Que esta reflexión ayude a mirar el propio presente con serenidad, sin negar lo que pesa, pero sin permitir que el peso decida por nosotros. Quien se apoya en el Señor encuentra fuerza para volver a comenzar cada mañana.

Gracias por acompañar esta lectura y por hacer de la confianza en Dios una decisión cotidiana, humilde y perseverante.

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