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Parolin: los totalitarismos históricos fueron derrotados, pero la tentación de «ser Dios» permanece

Pasaje Bíblico – Génesis 3:5: «Pues Dios sabe que el día que coman de él se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal.»
Reflexión: La antigua seducción del Edén no ha caducado. La Escritura muestra que el primer engaño consistió en prometer al hombre lo que solo corresponde a Dios. El cardenal Pietro Parolin recordó que los totalitarismos históricos fueron derrotados, pero esa misma tentación sigue latiendo en el corazón humano, también hoy, también dentro de nosotros. Por eso la vigilancia cristiana no es desconfianza del mundo, sino lucidez sobre el propio corazón.

El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, advirtió que los totalitarismos históricos fueron derrotados, pero que la tentación de «ser Dios» no ha desaparecido. Su planteamiento no mira solo al pasado, sino al presente: el derrumbe de un régimen no extingue la raíz espiritual que lo hizo posible.

La afirmación es sobria y exigente. Reconoce una derrota real —aquellos sistemas que oprimieron a pueblos enteros ya no gobiernan—, y al mismo tiempo señala que la historia no está cerrada. La tentación de ocupar el lugar de Dios reaparece con otros rostros, otras gramáticas y otros instrumentos, sin necesidad de levantar monumentos ni de proclamar consignas.

En el centro de esa tentación está siempre la criatura que se erige en medida de todo. Cuando el hombre se pone en el sitio de Dios, la consecuencia no es una libertad mayor, sino una reducción de la persona humana: los demás pasan a valer por lo que producen, por lo que sirven o por lo que obedecen. Ahí está el punto que Parolin deja a la vista.

De ahí que la advertencia tenga un tono pastoral y no meramente político. La vigilancia cristiana no consiste únicamente en defender instituciones o en denunciar sistemas ajenos; pasa primero por la conversión personal, por reconocer que la raíz del mal no está solo en las estructuras, sino en el corazón de cada uno. Es una llamada a la humildad: solo Dios es Dios.

La memoria de lo ocurrido cumple también una función de servicio. Recordar lo que los totalitarismos provocaron ayuda a no repetirlo y a educar la conciencia de las nuevas generaciones, que no vivieron aquellas décadas y podrían recibir como novedad lo que ya mostró su rostro más amargo.

La tarea, entonces, es doble: custodiar la libertad y formar el juicio moral que la hace posible. La Palabra de Dios, que desenmascara la promesa de «ser como dioses», sigue ofreciendo el camino contrario: la obediencia confiada del que sabe que es criatura, y en esa verdad encuentra su dignidad.

Gracias por acompañar esta lectura; que el Señor nos conceda un corazón lúcido y humilde para reconocer sus límites y los propios.

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