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Reflexión del Día: Cuando el camino no está trazado: la confianza en Dios como brújula del creyente

Pasaje Bíblico – Salmo 91:1 – 2: «Tú que vives al amparo del Altísimo y descansas a la sombra del Omnipotente, puedes decir al Señor: «Mi refugio y fortaleza, mi Dios, en quien confío».»
Reflexión: La vida del creyente no está hecha de certezas anticipadas, sino de una confianza sostenida. El salmista no promete que desaparecerán los riesgos ni las preguntas; ofrece algo más hondo: un refugio al que se puede volver incluso cuando no se ve el final del camino. Confiar no es saberlo todo, sino saber a quién entregar lo que no se comprende.

Hay momentos en la vida personal y en la vida de la Iglesia en los que el horizonte aparece despejado y los planes se cumplen con naturalidad. Pero hay otros en los que basta una sola noticia, una sola ausencia o un solo cambio de rumbo para que las agendas se vacíen de sentido. En esas horas, la tentación más frecuente es la de exigir respuestas inmediatas, como si la fe dependiera de tener todo bajo control.

La tradición espiritual de la Iglesia ha aprendido, sin embargo, que la confianza no es pasividad. Quien se abandona en Dios no deja de trabajar, de discernir ni de servir; cambia el modo de hacerlo. Ora antes de decidir, escucha antes de responder y acepta que el tiempo de Dios no siempre coincide con el propio. Esa disposición interior es la que permite sostener una tarea larga sin perder la paz.

El creyente que atraviesa una etapa de incertidumbre encuentra en la oración diaria el espacio donde la inquietud se ordena. No se trata de repetir fórmulas para acallar el miedo, sino de presentar a Dios lo concreto: la familia, el trabajo, la salud, las decisiones pendientes y también las propias limitaciones. La oración perseverante no siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero sí transforma la mirada de quien la realiza.

A esto se suma la vida de comunidad. Nadie está llamado a sostener solo su esperanza. El acompañamiento de los hermanos, la escucha de quien aconseja con prudencia y la participación en los sacramentos sostienen la fe cuando el ánimo flaquea. La Iglesia no es un lugar para los que ya tienen todo resuelto, sino una casa donde los que caminan con dudas aprenden a apoyarse unos en otros.

El salmo invita a decir al Señor «mi refugio y fortaleza». Es una frase breve, pero exige una decisión libre: reconocer que la propia fuerza tiene un origen y que no se basta a sí misma. Quien aprende a repetirla con sinceridad descubre que el camino no siempre se vuelve más claro, pero sí más habitable, porque ya no se recorre en soledad.

Que esta certeza acompañe a quienes hoy atraviesan una etapa de preguntas sin respuesta visible. Gracias por leer y compartir estas reflexiones; que la paz del Señor sostenga cada paso de la semana que comienza.

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