Pasaje Bíblico – Lucas 10:33 – 34: «Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verlo se compadeció; y acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le puso sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.»
Reflexión: El samaritano no se pregunta quién es el herido ni cuánto le costará detenerse: ve el dolor y se compadece. Esa compasión concreta, hecha de gestos y no solo de palabras, es la que el Papa León XIV vuelve a poner delante de la Iglesia como camino y no como sentimiento pasajero.
En Uruguay, el Papa León XIV recordó que no se puede ser indiferente ante el sufrimiento ajeno. Su afirmación no fue un comentario aislado, sino una advertencia serena: quien se acostumbra al dolor del otro termina por perder algo esencial de su propia humanidad y, con mayor razón, de su fe.
La indiferencia, enseñó el Pontífice, no es una simple falta de sensibilidad, sino una forma de ausencia. Se puede estar cerca de una persona que sufre y, al mismo tiempo, no mirarla; se puede convivir con la necesidad del vecino y seguir de largo. Frente a esa tentación, el Papa insistió en la necesidad de detenerse, mirar y dejarse tocar por la situación concreta de quien padece.
Esa mirada compasiva no se queda en el interior del corazón. De acuerdo con lo que planteó León XIV, el sufrimiento del otro interpela y obliga a responder, porque la caridad cristiana no admite cálculos cómodos ni distancias prudenciales que solo protegen la propia tranquilidad. El dolor del hermano es siempre una llamada a la cercanía.
En un tiempo en el que la información circula sin descanso y las tragedias se suceden en las pantallas, la tentación del olvido resulta especialmente fuerte. Por eso, la advertencia del Papa tiene un tono pastoral: invita a recuperar la capacidad de conmoverse, a dejar que el sufrimiento ajeno entre en la propia vida y a traducir esa conmoción en gestos concretos de acogida, de escucha y de servicio.
La comunidad cristiana está llamada así a ser signo visible de esa compasión, no a administrarla desde lejos. Cuando una parroquia, una familia o un grupo de fieles se acerca de verdad a quien sufre, la palabra de la Iglesia se vuelve creíble, porque el testimonio precede al discurso y lo hace fecundo.
Que esta enseñanza nos ayude a revisar nuestras propias ausencias cotidianas y a pedir al Señor un corazón despierto, capaz de detenerse. Gracias por acompañarnos en esta lectura y que la Virgen sostenga el camino de cuantos hoy intentan no pasar de largo.


